Creí ver depravación en los ojos de mi macho, sus manos calientes por la fiebre, me motivaban a corresponderle en todo lo que quisiera obtener de mí. Levanté mis caderas en movimientos concéntricos, apretando el esfínter para que se me frunciera todo, exponía mi sexo, de manera plena y total, ante sus ojos con el placer inmenso de saber que lo deseaba y lo admiraba, que se le hacía agua la boca al verme así; me movía como si realizara una danza oriental para enloquecerlo. —¿Te gusta verla así, papacito? ¡Es toda tuya! —dije jadeante y liberada, aunque yo misma me asusté de mis palabras vulgares. Yo creo que a todas las mujeres nos gusta que nos vean con deseo, con pasión, con lujuria, y cuando él se colocó entre mis torneadas piernas, con la mirada clavada en mi sexo, creí que me orgasme

