El tiempo pasó y una tarde, yo salía del baño, cubierta sólo por una toalla enrollada al cuerpo, después de haberme dado un regaderazo. Dulce María, estaba sentada en la cama, con la carta en una mano y la mirada clavada en algún lugar del techo. —¿Alguna mala noticia? —le pregunté. Ella me mostró la carta como con resignación, la tomé y la leí de prisa, no había nada de que inquietarse, en realidad. —Dice mi mamá que Ricardo, el novio que tenía yo en Guadalajara, del que tanto te he platicado, que se quedó viudo y se dio a la bebida, ahora ya se va a casar con otra. —¿De veras te duele mucho? Bien que le has puesto los cuernos con todo aquel que te ha gustado y te ha hablado bonito al oído para que te abras de piernas. —Si, pero... —Anda, quita esa cara de tragedia... —Es que por e

