La noche de la fiesta, Alec vino a recogerme con su limusina. Tener que compartir una vez más aquel espacio tan estrecho hizo que sintiera claustrofobia. Intenté mantener las distancias y elegí el asiento que había más a la izquierda. Alec se sentó al otro lado, guardándose las manos para sí. Lo miré, vestido con su elegante esmoquin, y todos mis deseos se redujeron a sentarme en su regazo y montarlo. Sus pupilas me resiguieron todo el cuerpo antes de posarse en mis ojos. ―Estás asombrosa. El calor floreció en mi pecho, estómago y sexo, convirtiéndolos a los tres en un fuego vivo. Mantuve una máscara de ambivalencia sobre mis rasgos. ―Gracias. Alec arqueó una ceja y ladeó ligeramente la cabeza. ―Gracias por venir conmigo. Lo miré a los ojos. ―No tienes por qué darme las gracias.

