Prólogo
FRAGMENTO DE LOS ANALES DE LA CASA DE AIRN, SEGUNDO ERA.
El Canto de la Ruina Antigua y la Prohibición del Éter
Hace incontables milenios, cuando el Tiempo mismo era apenas un recién nacido y sus arenas aún no habían colmado los grandes relojes de la memoria del cosmos, el mundo no era esta pálida y fría cáscara que hoy conocemos. Era la Era del Éter y el Aliento Primordial, un ciclo inmemorial donde la Magia no era un murmullo prohibido, sino el torrente sanguíneo de la creación misma, la conciencia que animaba la roca y el susurro que daba forma a los vientos.
Las Tierras de los Hombres eran vastas, sí, pero no estaban solas en su resplandor. Los caminos que hoy recorren mercaderes eran antaño sendas de luz por donde caminaban, en abierta reverencia y mutuo respeto, las Razas Antiguas. De los páramos cristalinos, en las Tierras del Norte, donde el aire se congelaba en formas de vidrio escarchado y el silencio era el dialecto primordial, surgieron Los Fríos. Ellos eran la única estirpe que habitaba en cercanía con los mortales; su piel tenía el matiz del hielo azulado bajo la aurora boreal, su sabiduría cubría el lento pulso de diez mil inviernos, y su mirada, distante y penetrante, podía discernir la costura oculta entre el mundo tangible y el tejido etéreo. Eran los arquitectos supremos del poder.
La Magia era la savia del planeta. Se manifestaba en las venas de jade que recorrían la columna de las montañas, en el rocío matutino que contenía el bálsamo de mil curas, y en el susurro profético del viento en los páramos. Los Hombres, bendecidos con un espíritu fugaz pero ardiente, aprendieron a tejer con este poder, no como amos, sino como humildes custodios del jardín. Sus ciudades, construidas de mármol que reflejaba la luz de las estrellas, se alzaban por el aliento de la tierra, y sus reyes eran elegidos por la pureza de su alma y su comunión con los Señores Elementales. Este pacto, tácito pero inquebrantable, fue el puente de plata que unió a los dos mundos.
Pero incluso el sol de la era dorada más resplandeciente no puede escapar a la sombra que yace en el corazón del Hombre. En los vastos reinos de las arenas, que se extendían desde el Gran Río hasta las dunas prohibidas, se levantó un monarca cuya ambición, por decreto de los Antiguos, ha sido sepultado en el olvido.
No era un alma sin luz al principio, pero la visión del poder sin límites, una promesa susurrada por las entidades que dormían bajo las raíces del mundo, corrompió su linaje y pudrió su cetro. Él no deseaba ser un custodio; anhelaba ser un amo hambriento. Vio la Magia no como un don compartido, sino como un río que debía ser desviado, encadenado y bebido únicamente por su voluntad. Su ambición era la de un dios sediento.
El monarca maldito comenzó a construir armas forjadas de la noche petrificada y pirámides de espejo n***o, que se elevaron hasta herir los cielos y cuyo cimiento penetró hasta la matriz misma de la Magia del planeta. Sus magos, coaccionados y tocados por la locura, diseñaron los primeros Arcanos de Extracción, dispositivos prohibidos que succionaban la energía vital de los manantiales y de los propios seres que la portaban. Las venas curativas de la tierra se secaron, los bosques susurrantes cayeron en un silencio sombrío, y el éter se sintió denso y corrupto, como el aliento de un dragón moribundo.
El Rey de la Ruina no se detuvo en la naturaleza. Sus ejércitos, revestidos con armaduras de acero ensombrecido, cazaron a Los Fríos por sus conocimientos arcanos y por el control que ejercían sobre los Nudos Vitales de la creación. La sangre azulada de Los Fríos manchó de carmesí helado la nieve del norte, y el grito de su gente, un sonido tan puro como el cristal al romperse, fue el lamento que anunció la hora final. El conflicto resultante no fue una guerra; fue una Cacería Cósmica, un intento de segar la raíz de la Magia misma.
Los Fríos, viendo que el Rey de la Ruina significaba el aniquilamiento total del Éter y del mundo que lo contenía, se retiraron a sus bastiones nevados. En la Ciudadela Congelada, bajo el Manto de la Última Estrella, tomaron una decisión terrible: El mal no podía ser erradicado, pero sí sepultado. El poder debía ser custodiado, no abandonado.
El Gran Sellado fue un evento cataclísmico que fracturó los cielos y estremeció los continentes. Los Fríos, como arquitectos supremos del éter, no crearon una barrera; tejieron la jaula final. Con el último aliento de su Magia Primordial, clavaron las Runas de Restricción no en la tierra, sino en el corazón mismo de las pirámides de espejo n***o. Estos colosos de ambición, diseñados para extraer la vida del planeta, se convirtieron en tumbas eternas. En un acto de justicia cósmica, el Rey de la Ruina y sus dos vástagos, los príncipes del veneno, fueron sellados vivos dentro del oscuro cristal que ellos mismos forjaron. Su locura fue convertida en su prisión, y su Magia, en el cemento que sella su sueño.
El Éter no fue desterrado; fue ocultado, volviéndose sutil en las profundidades de la creación.
Y antes de retirarse por completo a los Mundos Silenciosos, los heraldos de Los Fríos, con voces que resonaron con la pena de un milenio perdido, pronunciaron la Prohibición:
"El mundo ha sido salvado de la tiranía del Hombre, pero el precio es la abstinencia y el silencio. La Magia duerme en la Roca, y así debe permanecer.
Que ningún mortal, ni por necesidad ni por capricho, se atreva a despertar el Éter y usar su poder. Pues la Magia tiene su propia justicia, antigua y despiadada, y su uso es una traición al juramento de la supervivencia.
Quien ose usar el Éter, de cualquier forma o por cualquier razón, será marcado como un traidor al pacto primordial. Y para ese transgresor, no habrá perdón en esta ni en la otra vida. Deberá pagar con su vida y con la extinción de todo su linaje, hasta que la última gota de su sangre corrupta se haya vertido en la tierra.
Que este edicto sea el recuerdo ineludible de la Ruina Antigua."
Con esas palabras, Los Fríos se desvanecieron de los ojos mortales. El mundo se convirtió en un lugar de acero, piedra y miedo, un páramo desprovisto del calor interior de la Magia.
Este es el legado de magia y sangre que pesa sobre los reinos. Este es el pacto que, por Eras, se ha mantenido. Y esta es la amenaza que se cierne, invisible y mortal, sobre cualquier alma lo suficientemente audaz o desesperada como para desafiar la Prohibición. El eco del Gran Sellado aún resuena en las profundidades, y la justicia de los Antiguos espera, paciente, a que un mortal cometa el error de volver a encender la chispa.