Los días siguientes se llenaron de una actividad febril en el castillo, una energía que hacía mucho tiempo no se sentía en los sombríos pasillos de Ainsworth. Guiada por Elinore y la Reina Lyra, la despensa se abrió de par en par, y el aroma de pan y del grano llenaron el aire. Los sacos de semillas, el pan que parecía recién horneado, las cabras y la carne de jabalíes recién cazados, un lujo inimaginable hasta hacía poco, comenzaron a distribuirse entre los súbditos de Ainsworth. Elinore, con su madre a su lado, supervisaba cada reparto con una atención meticulosa. Se movían entre la gente, no desde la distancia impuesta de una monarca, sino con la cercanía y la compasión de una protectora. Sus propias manos, a menudo entumecidas por el frío, entregaban raciones, sus voces suaves ofrecían

