El Murmullo del Bosque Silente
La luna doble se alzaba en el cielo como dos ojos plateados que vigilaban la vasta extensión del Reino de Lirael. En la frontera entre el mundo de los humanos y los dominios feéricos, el Bosque Silente respiraba con un rumor antiguo, como si en sus raíces durmiera un secreto olvidado.
Aeryn, hija del guardabosques real, se movía con sigilo entre los árboles envueltos en niebla. Su capa de viaje era de un gris musgo que se confundía con el entorno, y el arco que llevaba a la espalda apenas hacía ruido con sus movimientos. Aunque sus piernas estaban cansadas, su corazón latía con una mezcla de emoción y temor: esta era la primera vez que cruzaba sola el Sendero de los Susurros, un camino prohibido por su padre y temido por los aldeanos.
Pero Aeryn no buscaba aventuras. Buscaba a su madre.
Una figura que solo existía en sus sueños, en cuentos murmurados al borde de la vigilia: una mujer de cabellos como el oro líquido y ojos de amatista, que había desaparecido cuando Aeryn era solo un bebé. Según los sabios, se la había tragado el bosque. Según los soldados del castillo, fue raptada por los feéricos. Pero Aeryn siempre había sentido que la verdad era otra, más profunda, más antigua.
Mientras caminaba, las sombras parecían apartarse a su paso. El bosque la observaba. Entonces lo oyó: un canto.
No era una canción humana. Era un murmullo de viento y de hojas, de agua fluyendo en la oscuridad y estrellas cayendo del cielo. Era una voz masculina, suave como el terciopelo, que hablaba directamente a su alma.
Siguió el sonido, y en un claro bañado por la luz azulada de las lunas, lo vio.
Un hombre. No, algo más que un hombre.
Alto, de piel pálida como la luna misma y ojos que ardían con un brillo ámbar imposible. Llevaba ropas tejidas de sombras y luz, y cuando sus ojos se encontraron con los de Aeryn, el tiempo pareció detenerse. El canto cesó.
—Te he estado esperando —dijo él, su voz una caricia en el aire—. Aeryn de Lirael... hija del pacto prohibido.
Aeryn retrocedió un paso. El corazón le latía con fuerza, como si presintiera que con ese encuentro, su destino —y quizás el de todo el reino— acababa de cambiar para siempre.
—¿Qué has dicho? —preguntó Aeryn, con la mano instintivamente sobre la empuñadura de su daga.
—No temas —respondió el extraño—. No he venido a hacerte daño. Solo a recordarte quién eres.
El aire se volvió más denso, cargado de un perfume antiguo: flores nocturnas, humo de madera, y algo que Aeryn no podía identificar… algo que despertaba recuerdos que no sabía que tenía.
—No sé quién eres —dijo con voz firme—, pero si sabes algo de mi madre, exijo que me lo digas ahora.
Una leve sonrisa curvó los labios del hombre. Dio un paso hacia ella, y el suelo no crujió bajo sus pies. Aeryn apenas contuvo un escalofrío.
—Tu madre no fue raptada. Ella eligió —dijo con suavidad—. Y eligió por amor.
Aeryn sintió un vacío en el pecho. Amor. Esa palabra siempre había estado ausente cuando hablaban de su madre. Desaparición, traición, pérdida. Pero nunca amor.
—¿Quién eres tú? —preguntó.
Él inclinó la cabeza levemente, con una reverencia elegante.
—Mi nombre es Kaelen. Soy un guardián de las puertas entre los mundos. Y fui quien la acompañó la última vez que cruzó este bosque… la noche en que las lunas se alinearon y el pacto se selló.
Aeryn sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies.
—¿Qué pacto?
Kaelen la observó en silencio por un momento. Su mirada no era hostil, pero tampoco completamente humana.
—Un antiguo acuerdo entre una humana y un príncipe feérico —dijo finalmente—. Un lazo prohibido que unió dos reinos que no debían t*****e jamás.
Aeryn retrocedió otro paso. ¿Su madre… con un príncipe feérico? Todo lo que sabía —todo lo que creía saber— se resquebrajaba como hielo delgado bajo su peso.
—¿Estás diciendo que yo…?
—Eres hija de dos mundos, Aeryn. Eres el eco de un amor que desafió la ley de los reinos. Y por eso, hay quienes te buscan.
Un rumor se alzó en el bosque. No un sonido físico, sino una sensación: algo venía. Algo oscuro. Kaelen levantó la cabeza, alerta.
—Nos están siguiendo. Ya lo saben. Debemos irnos.
Aeryn lo miró, confusa, entre la niebla creciente.
—¿Adónde?
Kaelen tendió la mano hacia ella.
—A donde empezó todo. A la Corte Sombría. Donde tu madre esperó tu regreso… hasta el último aliento.
El viento sopló fuerte, llevando consigo el murmullo de voces invisibles. Aeryn miró la mano extendida, su mente dividida entre la lógica y el instinto. Pero fue su corazón el que decidió.
Cerró los ojos.
Y lo tomó.
La mano de Kaelen estaba tibia, firme, pero no del todo sólida. Era como si tocara algo hecho de luz concentrada, una brasa vestida de piel. En cuanto sus dedos se entrelazaron con los de él, un remolino de energía los envolvió. El claro desapareció, tragado por una ráfaga de viento silente, y las sombras danzaron en torno a ellos.
El mundo cambió.
No se sintió como caminar o volar. Fue más bien como si el bosque los hubiera tragado para escupirlos en otro lugar, más antiguo, más vivo. Aeryn abrió los ojos y jadeó.
Estaban en un bosque similar, pero distinto: el aire era denso y chispeante, el cielo tenía un tono violáceo y las lunas, aunque aún presentes, se reflejaban en todas las direcciones, como si el cielo fuera un espejo roto. Flores enormes con pétalos de cristal flotaban en el aire, y las raíces de los árboles se entrelazaban como serpientes dormidas sobre el musgo fosforescente.
—Bienvenida —dijo Kaelen—. Este es el umbral entre mundos. Un punto suspendido entre tu reino y el mío. Aquí no rigen del todo las leyes del tiempo… ni del corazón.
Aeryn giró lentamente sobre sí misma, sintiéndose pequeña e insignificante, pero extrañamente cómoda. Una parte de ella reconocía este lugar. Como si lo hubiera soñado antes, muchas veces.
—Aquí es donde nació el pacto —continuó Kaelen, mirándola con una mezcla de reverencia y pesar—. Y también donde fue quebrado.
—¿Por qué nadie me dijo nada? ¿Por qué mi padre me ocultó esto?
Kaelen la observó en silencio.
—Tu padre humano temía lo que podrías llegar a ser. Él creyó que al negarte tu herencia, te salvaría de la guerra que vendría.
—¿Guerra?
—Los reinos no perdonan el amor entre especies. Ni los feéricos, ni los humanos. Pero tu existencia… desafía ese odio. Eres prueba viviente de que hay otro camino. Por eso algunos quieren destruirte. Y otros… otros querrán usarte.
Aeryn sintió un nudo en el estómago. El suelo bajo sus pies latía, como si respirara. Todo era demasiado, demasiado rápido.
—¿Y tú? —preguntó con la voz apenas un susurro—. ¿Tú qué quieres de mí?
Kaelen se acercó. La luz del bosque se reflejaba en sus ojos como llamas líquidas.
—No lo sé aún —confesó—. Pero desde el momento en que escuché tu alma tocar el bosque… no he podido apartarte de mis pensamientos. Hay algo en ti que despierta mi esencia. Como si nuestras destinos ya se conocieran… y solo esperaran que nosotros lo recordáramos.
Aeryn contuvo la respiración.
Y en ese instante, como si el bosque respondiera a su tensión, un crujido resonó en la lejanía. No era un animal. No era viento.
Era el sonido de algo que se aproximaba. Rápido. Feroz.
Kaelen tensó el cuerpo y su mirada se oscureció.
—No estamos solos.
El cielo se tiñó brevemente de rojo. Una sombra gigantesca cruzó por encima de los árboles. Aeryn levantó la vista y vio siluetas aladas que descendían en espiral.
—¿Qué son? —preguntó, con la mano en el arco.
Kaelen sacó una hoja curva de su costado. No era una espada común. Vibraba con la energía del bosque mismo.
—Centinelas de la Corte Alta. Nos han seguido.
Aeryn inspiró hondo. Por primera vez en su vida, sintió cómo algo despertaba dentro de ella: una chispa que no era humana. Algo dormido por años que ahora rugía con furia antigua.
Y comprendió que su viaje no tenía vuelta atrás.