La Reina de Nadie

1397 Palabras
Aeryn no podía moverse. Su madre estaba frente a ella. Serena de Lirael, Reina de las Mareas y heredera del Lazo Eterno. Pero ahora… era algo más. Su silueta seguía siendo humana, pero sus ojos ya no eran del todo suyos: dentro de ellos danzaban reflejos de mundos, de recuerdos ajenos, de mil versiones de una historia inconclusa. Kaelen se mantuvo a su lado, tenso, la mano aún en el pomo de su espada, aunque su rostro mostraba algo más que alerta: pena. —No puede ser ella —dijo, en voz baja—. No con ese poder. No… así. Serena dio un paso adelante. El fuego azul del Reino la evitaba, retrocedía con respeto. Incluso el aire parecía contener la respiración. —Soy yo, Kaelen. Pero no como me recuerdas. Este lugar me deshizo. Me rompió… y me volvió a construir. Aeryn dio un paso al frente, apenas consciente de que sus manos temblaban. —¿Tú… te ofreciste al Reino? Serena asintió. —El día que os separaron de mí, creí que moriría. Pero Maerith me mostró otro camino. Me dijo que solo ocultándome en el corazón del Reino podrías sobrevivir tú… y los reinos contigo. Así que ofrecí lo único que aún me quedaba. —¿Tu alma? —preguntó Kaelen. —Mi tiempo —respondió Serena—. Cada instante que paso aquí, el Reino se alimenta de mí. A cambio, te protege, Aeryn. Hasta que estés lista para decidir. Aeryn sintió un nudo helado apretándole la garganta. —¿Decidir qué? Serena bajó la mirada. Por un momento, fue solo una madre. Cansada. Solitaria. Rota. —Este lugar… es un sello. Lo que duerme más allá de él no es solo una amenaza para mí. Es la fuente misma del desequilibrio. El Ocaso eterno. El Reino lo contiene, con mi ayuda. Si me liberas… si me llevas contigo… —…el sello se rompe —terminó Kaelen, sombrío. Serena alzó una mano. El aire a su alrededor comenzó a deformarse. Aparecieron visiones suspendidas en humo: el Reino de Luz ardiendo, la Corte Sombría devorada por su propio reflejo, el cielo roto, las lunas colapsando una sobre la otra. —Este es el precio de mi libertad —dijo—. Y sin embargo… si tú eliges quedarte, hija mía, si tomas mi lugar… yo podré volver. Y tú… mantendrás al mundo a salvo. Aeryn retrocedió un paso, como si acabara de recibir una bofetada invisible. —¿Tú… me pides que me quede aquí para siempre? —No te lo pido. Te lo ofrezco. Kaelen se adelantó. —¡No! ¡Eso no es justo! Ella es solo una niña… No merece esta carga. Serena lo miró con infinita tristeza. —Y, sin embargo, el Reino no acepta otra cosa. Alguien con el lazo en su sangre debe sostener el equilibrio. Si no soy yo… debe ser ella. Aeryn calló. No lloró. No gritó. Solo cerró los ojos por un momento, y dentro de sí, sintió algo encenderse. Fuego. No de rabia. Sino de claridad. Cuando volvió a mirar a su madre, sus ojos eran firmes. —No voy a elegir entre salvarte y salvar el mundo. Voy a buscar otra forma. Serena suspiró. —Esa terquedad… la heredaste de mí. Kaelen colocó una mano sobre el hombro de Aeryn. —Hay una tercera opción. Pero es peligrosa. —¿Cuál? —preguntaron ambas. Él tragó saliva. —Si conseguimos llegar al Núcleo del Reino, podemos reescribir el pacto original. Cambiar los términos. Pero nadie ha llegado hasta allí. Porque allí habita el Guardián del Primer Recuerdo. Una criatura que vive de las verdades que la gente no puede enfrentar. Aeryn asintió lentamente. —Entonces iremos. Yo no vine aquí para renunciar. Vine para comprender. Y para romper el ciclo. Serena quiso detenerla, pero se contuvo. En su rostro… orgullo. Y algo más. Miedo. —Entonces ve. Pero si fracasas… no solo perderás tu alma. Perderás el recuerdo de quién eres. Para siempre. Aeryn respiró hondo. Apretó la Daga de los Nombres contra su pecho. —Entonces recordaré luchando. Y con Kaelen a su lado, atravesó el último velo hacia el Núcleo del Reino… donde el pasado más oscuro la esperaba. El velo se desgarró como si fuera un suspiro contenido por siglos. Aeryn y Kaelen cruzaron sin mirar atrás, dejando a Serena entre llamas azules, vestida de poder y soledad. Más allá del umbral, el Reino cambió otra vez: ya no era fuego, ni sombra, ni bosque. Era memoria viva. Caminaron por un sendero que no tenía suelo, sino escenas: recuerdos proyectados bajo sus pies, envolviéndolos con cada paso. No solo eran de Aeryn. Eran del Reino mismo. Una guerra entre dos lunas. Una traición en un altar hecho de huesos. Un niño abandonado en la frontera entre la luz y la oscuridad. —¿Es esto… tu historia? —preguntó Aeryn. Kaelen bajó la mirada. —No toda. Solo la parte que quise olvidar. El niño se convirtió en un joven que entrenaba con espadas bajo un cielo dividido. Después, ese joven era coronado como heredero de una Corte, y luego… lo desterraban. Por amar lo que no debía. Por elegir a Serena. —Nos dijeron que una unión entre nosotros rompería el equilibrio. Pero el equilibrio ya estaba roto. Solo usaron nuestro amor como excusa. —¿Por qué te seguiste llamando Kaelen, si ese no era tu nombre? —Porque el mío fue maldecido. Y los nombres verdaderos son poder. Si tú supieras el tuyo, podrías destruir el Reino. O sanarlo. Aeryn lo miró, confundida. —¿Cuál es mi nombre verdadero? Kaelen no respondió. No aún. Delante de ellos, el sendero terminó. Un arco de obsidiana flotaba en medio de la nada, sostenido por rayos congelados. Más allá: el Núcleo del Reino. Una esfera suspendida en una tormenta de tiempo y luz, rodeada por doce anillos grabados con lenguas que Aeryn no comprendía… pero que su alma reconocía. —Una vez crucemos —dijo Kaelen—, no podremos mentir. Ni a nosotros mismos, ni al Guardián. —Entonces entremos con la verdad. Aeryn extendió la mano. El arco la aceptó, y la tormenta se abrió como una flor abriéndose en la noche. Dentro, el silencio era absoluto. Y en el centro, sentado sobre una columna de cristal vivo, estaba el Guardián del Primer Recuerdo. Era una figura imposible de definir. Cambiaba con cada parpadeo: a veces hombre, a veces mujer, a veces niño. A veces Aeryn misma. Sus ojos eran espejos. Y al hablar, su voz fue la de Serena, la de Kaelen, la del viento… y la de Aeryn. —Has venido a reescribir lo que no fue escrito. Aeryn dio un paso adelante. —He venido a liberar a mi madre. A romper el ciclo. Y a recordar quién soy. —Entonces ofrécele al Reino tu primer recuerdo. A cambio, él te mostrará lo que olvidas. Kaelen la miró con inquietud. —Aeryn, cuidado. Este intercambio puede… —Lo haré —interrumpió ella. El Guardián extendió una mano. Y Aeryn ofreció su primer recuerdo: una melodía. Una canción de cuna. La voz de su madre. En cuanto lo soltó, sintió un vacío inmenso, como si una raíz se arrancara de su alma. Y entonces… el Reino respondió. Una visión la envolvió. Era un salón de cristal. Un altar. Y ella, recién nacida, colocada entre dos lunas vivientes que giraban sobre ella. Un juramento fue pronunciado en un idioma de sangre y estrella. “Esta niña será llave y puerta. Si el amor intenta unir lo que debe permanecer separado… ella pagará el precio.” Aeryn cayó de rodillas. —Fui concebida como un seguro. No como una hija… El Guardián asintió. —Fuiste hecha para contener. Pero elegiste buscar. Por eso el Reino tiembla. Kaelen se acercó. —¿Y si reescribimos el juramento? El Guardián los miró. Por primera vez, parecía dudar. —Solo alguien que conozca su verdadero nombre puede cambiar la raíz del pacto. Aeryn levantó la vista. —Entonces dime. ¿Quién soy? El Guardián sonrió. —Tú eres Elanil, hija del Lazo y de la Ruptura. Y si pronuncias tu nombre frente al Reino… él se rehará a tu imagen. Aeryn cerró los ojos. Elanil. Y el Núcleo tembló.
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