El Hijo del Eclipse

1737 Palabras
La noche del eclipse, ninguno en Lirael durmió. No era un eclipse previsto. Las lunas gemelas no debían alinearse hasta dentro de treinta años. Y sin embargo, allí estaban: superpuestas, negras contra negras, como dos ojos cerrados en el firmamento. Los sabios corrieron a consultar los códices celestes. Los guardianes se alinearon en los puntos de energía. Elanil, sin embargo, se dirigió a los campos del sur… porque allí, en una aldea sin nombre, una mujer estaba a punto de dar a luz. —¿Cómo lo supiste? —preguntó Thalan, que la acompañaba. —No lo supe. Lo sentí. Como si algo me llamara… desde dentro. La mujer era una refugiada del norte. Había vivido entre ruinas, entre cicatrices, entre los susurros del viejo juramento. Nadie sabía su nombre. Solo que había llegado con el rostro cubierto, muda, con un niño en su vientre y miedo en la espalda. Ahora, sobre un lecho de ramas, entre velas flotantes que no ardían con fuego sino con luz de alma, dio a luz a un niño sin llanto. El niño abrió los ojos. Negros, completamente. Y Elanil cayó de rodillas. —Ese niño… —susurró— no es solo un ser. Es un puente. El bebé fue llevado al templo de Lirael, donde los sabios intentaron leer su esencia. Pero las lecturas fallaban. Los hechizos rebotaban. Las palabras se disolvían en su presencia. Y sin embargo, él los observaba… como si entendiera todo. —No tiene nombre —dijo Serena. —Quizá no necesita uno —dijo Idria. —Todo ser necesita un nombre —dijo Thalan—. Si no, otros lo nombrarán por él. Elanil, en silencio, se acercó al niño. Lo sostuvo en brazos. Por un instante, todo en la sala se apagó: el fuego, la magia, el ruido, el pensamiento. Solo quedaron ella… y él. —Te llamarás Kael —dijo. Una antigua palabra de los primeros cantos. Significaba: el que trae el espejo. Kael creció en semanas lo que otros en meses. A los tres ciclos caminaba. A los cinco, hablaba. A los siete, comenzó a soñar en idiomas que nadie le había enseñado. Pero no todo era prodigio. Porque las lunas comenzaron a cambiar. No brillaban igual. Una de ellas, la más antigua, tenía ahora una g****a. Y a veces, desde su sombra, parecía caer un hilo oscuro, como si alguien tejiera en secreto desde los cielos hacia la tierra. Una mañana, Kael desapareció. Los guardianes buscaron por todo el Reino. Ni rastro. Hasta que una mariposa de obsidiana llegó volando hasta Elanil, se posó sobre su palma, y proyectó una imagen: Kael, de pie, frente a la Torre Negra, la misma que Elanil destruyó. Pero ahora estaba reconstruida. Más alta. Más clara. Y en su cima… una segunda versión de Kael, ligeramente mayor, la observaba. —¿Qué estoy viendo? —preguntó Thalan. —Una bifurcación —dijo Elanil—. Dos futuros posibles. Uno dentro del otro. Y Kael… está en medio de ambos. Elanil y Thalan partieron de inmediato. Pero esta vez, no solos. Llevaron consigo a Idria, a Karek, a Serena, y a tres nuevos guardianes jóvenes: —Siyel, que hablaba con los ríos. —Maoren, que tejía visiones. —Lira, que podía oír las decisiones antes de que se tomaran. El camino hacia la torre fue distinto. No había obstáculos, ni bestias, ni ruinas. Todo estaba quieto. Demasiado quieto. —Esto no es una trampa —dijo Lira, tocando el suelo—. Es una invitación. En la base de la torre, Kael los esperaba. No como un niño. Ni como un sabio. Sino como una posibilidad viva. —¿Por qué has venido aquí? —preguntó Elanil. Kael miró sus manos. —Porque yo soy la g****a que dejaste abierta. —Tú no eres una g****a —dijo Thalan. —Entonces, ¿qué soy? El silencio se hizo profundo. Y fue Maoren quien respondió: —Eres la pregunta que viene después de todas las respuestas. Kael sonrió. —Entonces vengan. Es hora de subir la torre. Y de elegir cuál de los dos futuros vamos a escribir. Y así, comenzaron a ascender. Escalón a escalón. Cada piso mostraba un reflejo del pasado… o un eco del futuro. El Reino no estaba en peligro. Pero sí en transformación. Y en la cima de la torre, no encontrarían un enemigo. Sino una decisión. Una que no se puede ganar con magia ni con guerra. Sino con algo mucho más difícil: renunciar a controlar el mundo… para poder acompañarlo. La ascensión hacia la cima de la Torre Negra fue más lenta de lo que nadie anticipó. Cada escalón parecía llevarlos más allá del tiempo conocido, hacia un lugar donde las leyes del mundo se retorcían y se transformaban. La torre no solo era una construcción física: era un umbral, un portal hacia algo mucho más grande, mucho más antiguo, y mucho más incierto. Cada piso que atravesaban les mostraba visiones que se desvanecían tan pronto como se observaban. Ecos de lo que fue, de lo que podría ser, de lo que nunca será. La primera sala estaba llena de sombras que susurraban. —¿Sabes lo que hicieron los antiguos? —preguntó Kael, avanzando como si estuviera en su propio hogar. —Forjaron esta torre. Y ella se alimenta de los deseos no cumplidos. De las preguntas sin respuesta. Thalan se acercó a la pared, donde una g****a antigua dejaba escapar una débil luz morada. Un frío recorría su espalda. Unos segundos antes, la g****a se cerró, dejando en su lugar una imagen en la piedra. La de un Reino dividido. —El futuro no es fijo —dijo Elanil, mirando con cuidado—. Esto… esto es solo una posibilidad. —No. —Kael negó con la cabeza—. Es el futuro. Solo que aún no ha sucedido. Lo estamos creando, todos nosotros, al mismo tiempo. La siguiente sala estaba vacía, excepto por un espejo grande que reflejaba las estrellas del cielo. Sin embargo, el reflejo que mostraba no era el de ellos, sino el de un pasado lejano: Elanil y Thalan, de jóvenes, de pie frente a las ruinas de la torre que ahora ascenden. Antes de destruirla, antes de reescribir la historia. Era la primera vez que se veían a sí mismos en esa época. Una época llena de decisiones rotas. —Nosotros… —susurró Elanil, tocando el vidrio—. ¿Realmente éramos tan diferentes entonces? Thalan se acercó a ella, tocando su hombro. —¿Cómo no íbamos a serlo? Éramos solo dos jóvenes con sueños. Pero esos sueños, esos ideales, nos trajeron hasta aquí. A esto. A él. A Kael. Kael observó el espejo desde un costado, sin acercarse. Su rostro permanecía impasible. Pero cuando Elanil lo miró, pudo ver algo más allá de su expresión: La duda. Era un niño, pero dentro de él habitaba una sabiduría antinatural. Un conocimiento que no había adquirido, sino que simplemente era parte de su ser. Al llegar a la siguiente planta, todo se oscureció. Los guardianes y sabios que acompañaban a Elanil ya no podían ver más allá de la niebla densa que cubría el suelo. La atmósfera era pesada, impregnada de una magia olvidada. —¿Dónde estamos? —preguntó Idria, claramente nerviosa. Kael, imperturbable, caminó adelante. —En el umbral de las decisiones, la primera prueba. Aquí, el Reino puede volver a ser destruido. O puede ser construido, más allá de las viejas promesas. Elanil frunció el ceño. —Esto no es solo magia. Es lo que somos lo que está en juego. No podemos tener miedo de lo que nos ha formado. En ese momento, las sombras del lugar comenzaron a manifestarse como figuras humanas. Seres que alguna vez fueron parte de la historia del Reino, pero que ahora se habían desvanecido, convertidos en memoria y nostalgia. El antiguo juramento, las promesas rotas, los héroes caídos. Uno de ellos se acercó a Elanil: era una mujer, de cabello largo y plateado, que caminaba con lentitud, como si arrastrara el peso de siglos. —Elanil… —dijo, pronunciando su nombre con una voz que sonaba tanto como un eco de amor como de condena—. ¿Recuerdas lo que prometiste? Salvar el Reino. Pero, ¿a qué precio? Elanil dio un paso atrás, sintiendo el frío de la figura. —Lo recuerdo. Pero el Reino no es solo un lugar. Es todo lo que amamos. Todo lo que compartimos. Y si debemos perder algo de nosotros para protegerlo, lo haremos. La figura sonrió tristemente. —No, Elanil. Lo que has olvidado es que los sacrificios… no siempre son la respuesta. La figura se desvaneció antes de que pudiera decir más. Pero sus palabras se quedaron flotando en el aire, impregnadas en las mentes de los presentes. Tras la niebla, la sala final apareció. La Torre negra no era solo una construcción. Era una red de caminos. Y el que tomaron los guardianes, con Kael al frente, se dividía en dos. Uno ascendía hacia el cielo, y el otro descendía hacia un abismo donde la luz no podía llegar. Kael, con una calma absoluta, miró a Elanil y Thalan. —¿A qué futuro temen ustedes? ¿Al que traigo consigo? Thalan, que había estado callado por un largo tiempo, dio un paso adelante. —Ninguno de los dos es fácil. Pero, como tú, hemos vivido con decisiones difíciles. El Reino no puede ser sólo esperanza… debe ser acción. Y esa acción tiene consecuencias. Kael sonrió por fin, dejando que sus ojos reflejaran una mezcla de tristeza y aceptación. —Entonces el futuro está en sus manos. Solo quiero que lo recuerden cuando se enfrenten a lo inevitable: la verdadera pregunta no es si queremos salvar al Reino, sino qué estamos dispuestos a sacrificar para hacerlo. Elanil, mirando hacia la bifurcación, entendió lo que Kael quería decir. No importaba cuál de los dos caminos tomaran. La respuesta estaba en el viaje, no en el destino. Así, con la decisión tomada, el Reino de las Lunas Gemelas comenzaba de nuevo, y con ello, una nueva era nacía… la de los sacrificios, la de los amores rotos y renovados, la de las sombras que guiarían a la luz.
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