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Generoso lucía cansado, agobiado, parecía que llevaba a cuestas, toneladas de pesares. Llevaba mucho tiempo viviendo, tal vez estaba ya cansado de hacerlo. Era un anciano de noventa y dos años. Sus pasos intentaban llevarlo muy despacio hacia donde tratara de dirigirse; que no era a muchos sitios por cierto, puesto que la monotonía, tediosa por demás; lo estaba consumiendo de manera cruenta. Realmente esos pasos solo se adentraban a un muy reducido espacio. Conservaba aún la autonomía sobre sí mismo, sobre sus pensamientos, aunque su cuerpo ya fatigado; era en extremo lento. A pesar de todo, con sus muchas limitaciones obvias, ese cuerpo antaño aún le obedecía. Era esa obediencia la que se podía esperar de un cuerpo longevo, un cuerpo tal vez cansado de vivir. En ocasiones, ese acatamiento se hacía el tozudo y le dejaba muchas sorpresitas. Y eran esas sorpresas, pegadas en unos calzones que iban a dar directo al piso frío de pulidas baldosas, y que llegaban directo a los olfatos. También en ocasiones, se detectaba un tufillo a orines rancios provenientes de una vejiga, cuyo esfínter probablemente había recibido una orden a destiempo. Caso contrario resultaba su sentido de la visión. Sus ojos sí que miraban perfecto. Era una agudeza visual que cualquier joven envidiaría. Del mismo modo lo era su sentido auditivo; sus oídos sentían cualquier ruido como si el tiempo no hubiese transcurrido.
A pesar de su visión aguileña, de su ojo derecho salía constantemente un lagrimeo. Era algo que ya lo caracterizaba. Su órgano visual comenzó a exteriorizar ese defecto desde que tenía sesenta. El oftalmólogo a quien consultó aquella tarde lejana en sus recuerdos, diagnosticó una obstrucción en el canal lacrimal, y convino con el caballero en que tendría necesariamente, que realizarle una intervención quirúrgica para corregir de esa manera, la bendita obstrucción; pero Generoso descartó esa idea de sopetón. Con el tiempo, y después de más de treinta años llevando esa molestia consigo, en un principio la odió como a nada en el mundo, puesto que le robaba la calma; luego se acostumbró a ella, por lo que llevaba en su mano de manera permanente, un pañuelo con el cual secaba el constante lagrimeo; y al final ya se había acostumbrado tanto, que la extrañaría en caso de que eso que en un principio odió tanto, hubiese desaparecido para siempre. La pierna derecha tenía una anomalía en la rodilla, por lo que su paso era desviado hacia ese lado. Por lo tanto, se sentía achacoso y no era extraño escucharlo parafrasear insolencias y palabras subidas de tono. Pero ese tono era solamente para él, ya que en la embriagante soledad que ocupaba y además, con ese ininteligible parlamento; difícilmente alguien pudiera escucharle. Y en caso de ser escuchado, sería algo así como un idioma sideral venido desde algún lejano planeta.
Ya Generoso hasta se había olvidado del año en que nació. Lo que sí recordaba era a su padre y a todos sus hermanos. Y vaya que recordaba a su padre, puesto que un oscuro manto de odio y repulsión hacia él lo cubrió desde siempre y para siempre. De su madre solamente tuvo referencias de sus hermanos mayores. Lastimosamente, ella había fallecido “de parto”, murió al ver él la luz de la vida. La deidad de su madre le había sido narrada sobre todo, por sus hermanas. Los relatos referentes a quien consideró siempre una santa, llegaban constantemente a su ofuscado sentido y le brindaba aún; instantes plenos de felicidad. Generoso había nacido en un momento difícil de su país, por allá por el año 1929. Una férrea mano criminal llevaba las riendas de la patria, como si de una gran hacienda se tratara. Una hacienda en la cual se hacía de manera descarada y brutal, todas las atrocidades que la mente pervertida del hacendado ideaba. Su nacimiento se produjo cuando florecía desde hacía meses, una avalancha de seres echados para adelante, quienes se jugaban de manera valiente y temeraria, el futuro del país.
Era la generación del 28, la misma que encaró a la férrea dictadura, que luchó sin armas y con muchos ideales, contra la autoridad nefasta que bastante sufrimiento produjo a todos sus integrantes; sobre quienes cayeron pesadamente, los desmanes de una represión descomunal. La vida de Generoso fue dura, muy dura. Con el paso de aquella hecatombe que duró hasta que el tirano se fue al infierno, Generoso vivió nuevamente casi treinta años después, la caída de otra dictadura cuando, tras su casamiento con Jacinta en julio 1957; un obeso, calvo y enano General, tras el revuelo de aviones, la intervención muy oportuna de manos extranjeras y el patriotismo de muchos ciudadanos; especialmente los de aquella “generación”; abordó aquella nave sagrada, y abandonó el poder enrumbándose hacia un destierro, que lo catapultaría a lo más detestable de la historia de un hermoso país.
La tarde del día anterior, Generoso hubo recibido una agradable sorpresa. Un joven de no más de veinte años, vestido de manera casual, tocó a su puerta. Él amablemente lo recibió, pero el joven no quiso pasar alegando que tenía mucha prisa. Se limitó a entregarle un sobre cerrado, y posteriormente se retiró. Ya a solas, el anciano se enrumbó como siempre, muy despacio, hasta llegar al borde de la mesa sobre la cual dejó aquel sobre. Luego de ello, fue por la única silla de aquel arcaico juego de comedor de madera oscura y pulida que le quedaba en pie. Se sentó y contempló el sobre, embargado por la curiosidad congénita de querer saber su contenido. Hacía tanto tiempo que no recibía correspondencia, por lo que quiso acariciar tiernamente la que en ese instante acababa de recibir. Soportó por unos eternos minutos, el deseo de saber lo que se ocultaba dentro de aquella envoltura de papel. Se dedicó a contemplarla detalladamente, como saboreando con su tierna mirada, el exterior de aquella cosa que se dispuso minutos después a abrir, y a descubrir su contenido.
La silla se movía de un lado a otro. Estaba la misma, casi que deshaciéndose dado su extenuante paso por la vida, soportando el peso de cuerpos diversos. Albergaba desde hacía varios años, al organismo enjuto de Generoso. Y era ella sola, nunca formó parte de ningún juego de comedor, ni nada parecido. Igualmente la mesa no era tal, sino un rudimentario pedazo de madera colocado sobre unas cajas de cartón, dispuestas una sobre la otra. Pero a las luces de la imaginación de Generoso, el sobre estaba colocado sobre las maderas de ébano de una mesa delicada y portentosa. El reducido espacio apabullaba al anciano, a tal punto que rabiaba de desespero; pero definitivamente no podía hacer más nada. Solo le quedaba aferrarse a la última esperanza, esa que se presentaba en ese momento para asomarse a su vida de manera plena.
Brillaron sus ojos y se desnudó aquella sonrisa, al contemplar la belleza de aquella invitación. Su encía desprovista totalmente de dientes, denotó con aquella expresión desvestida, un destello de felicidad cuando leyó para beneplácito divino; lo que estaba escrito enteramente para él. Era una cordial invitación para una función estelar en el teatro de sus sueños, al que había querido asistir nuevamente desde hacía muchísimos años. Ese mismo teatro al que muchas veces fue, en los años de sus mocedades. Muchas cosas escapaban de sus recuerdos, dada su gran longevidad; pero las veces que en su juventud lejana había estado en el teatro, eran sencillamente inolvidables, aunque pasaran los siglos. Una obra cumbre, la misma que había esperado como amante del buen arte, toda su larga vida. Trató de incorporarse para brincar de la alegría; pero su rodilla le reclamó aquella desfachatez y por ello, se limitó a sonreír como un bebé y a extender su mirada, en la prolongación de un vacío que atrapaba una extensa vida. Pensó en la cordial invitación que había recibido hacía momentos apenas, y se sintió feliz. ¿Quién lo invitaba?
Esa duda le embargaba, pero era tal su alegría que después comprendió que lo tenía exquisitamente sin cuidado, quien le había extendido tal deferencia al invitarlo. Desde ese momento, no hizo más que pensar en aquel palco asombrosamente cómodo del teatro, ese que hubo de ocupar tantas veces en los años mozos. Supuso que debía estar distinto producto de alguna restauración lógica y necesaria, aunque deseó de todo corazón que estuviese tal cual lo recordaba, con sus instalaciones deliciosas y divinamente acabadas. Revivieron las imágenes del escenario, de cuyo centro brotaron exquisitas representaciones artísticas que le secuestraban y lo llevaban directo al placer que sentía, al presenciar la magia de las tablas. Era esa su vida, sus gustos y eso era lo que anhelaba en lo que parecía ser un ocaso que se acercaba inevitablemente. Su último anhelo se presentaba en todo su esplendor. Quería era disfrutar de una representación fabulosa y estaba deseoso de que esa representación fuese la esperada por toda la vida. Soñaba con una función especial, única, la esperada por siempre.
Soñaba el buen hombre con mirar nuevamente aquel teatro. Recordó que se trataba de una construcción en forma de herradura en armazón de metal, con una arquitectura brillante. Rememoró igualmente, que en la fachada principal del teatro había dos grandes columnas, y que sobre ellas reposaban dos esculturas que simbolizaban la comedia y la tragedia. El teatro poseía una sala principal de aproximadamente quince metros de diámetro y tres niveles, que podían albergar más de 700 preferencias. En el techo había cuatro cuadros que representaban la danza, la música, la comedia y la tragedia. Todo eso lo recordaba con tan excelsa nitidez, que verdaderamente dejaría perplejo a más de uno; sobre todo, cuando hacía más de sesenta años que no había vuelto a poner un pie en ese sitio.
Mientras hacía aquellas reminiscencias, don Generoso, como lo llamaba un joven que de vez en cuando colocaba sobre la mesa excelsa, bandejas copiosas de manjares de dioses; miraba sin proponérselo a un sitio indefinido. Su rostro colmado de mil arrugas, se saturaba de igual modo, de un sinfín de gestos que manifestaban muchas tristezas acumuladas, así como también; huellas imborrables de momentos felices vividos a plenitud. Era por lo tanto, una expresión vacía lo que se denotaba en aquel semblante, que se declaraba incapaz de poder exteriorizar la alegría y la tristeza en un solo gesto. Entonces se dibujaba en la cara del anciano, una mueca de hastío. Eso nada más. Sus ojos se iluminaban, y al poco rato se tornaban inexpresivos. Era una combinación contradictoria. Lo que el ceño de un hombre que se sentía vencido por los valladares de la vida, gritaba al mundo entero: que estaba harto de todo ya.
Generoso sabía que estaba viviendo los últimos años de su vida. Se sentía agradecido precisamente de la vida, por haberle dejado adentrarse mucho más en ella de lo que lo hace mucha gente. Él ocupaba una casa extensa, pero extrañamente era en un reducido espacio de la misma, donde pernoctaba de manera permanente. Caminaba en cualquier dirección de ese subyugado espacio, en procura de adentrarse en lo extenso de esa casa; pero se encontraba repentinamente al borde de un profundo abismo. Y ya a orillas de ese barranco, sentía Generoso que no podía adentrarse un paso más en aquella casa, tan extensa como su vida misma. Su existencia en ese momento se limitaba a ser vivida en esa habitación de tan minúsculo tamaño, que sentía que lo apabullaba. El resto de la casa lo sentía tan lejano, no podía mirarlo siquiera.
Al tratar de adentrarse a ese espacio distante, lo atrapaba una barrera insoportable, la misma que lo relegaba a aquel barranco perverso que lo desbarataba por completo. Entonces el viejo no podía sino desistir de caminar en su propio hogar. Por ello, se consolaba mirando lo que sobre la mesa le aguardaba, y que no era otra cosa que aquella cordial invitación al teatro. Recordó el rostro vacío de emoción del muchacho, quien le entregara la amable invitación. No sabía porque, pero esa mirada vacía le incomodó. El muchacho tenía tanta prisa de alejarse de ese sitio. De hecho, cuando leyó su nombre al recibir el sobre, y levantar segundos después la mirada para con ella despedir al amable chico, era tanta la prisa que el mismo tenía, que no lo divisó ni cerca ni distante. Era como si se había esfumado, tan pronto le hubo entregado la invitación aquella.
Sintió Generoso un dolor repentino. La anomalía en su rodilla le ocasionaba ese agudo dolor de manera constante. Eso, pensaba, eran achaques de sus largos años vividos. ¿Quién lo iba a decir?, pensaba Generoso, mientras esperaba que pasara espontáneo aquel dolor al que ya estaba acostumbrado. Después de tantos años, execrado por todos y por todo, por fin se acordó alguien de que él existía. No tenía remitente, simplemente era una pieza de papel cobijada dentro de otra que la había ocultado de las miradas ajenas. Se levantó lentamente, recordando la advertencia que le hiciera su rodilla, so castigo si le desobedecía; de dejarlo caer pesadamente contra el duro pavimento, como lo hacía cada vez que trataba de moverse ágil como si fuese un muchachito. Ella le recordaba a menudo, que era necesario que le hiciera caso. Diversas magulladuras se presentaban en los más diversos sitios de su desgastada y flacucha humanidad, de los tantos porrazos que llevaba cada vez que daba de lleno contra el piso; por no advertir lo que a gritos, su rodilla maltrecha le especificaba.
En ese preciso momento, cuando celebraba jubiloso la invitación que le hicieran, se presentó sin aviso previo y sin siquiera dejar escuchar sus pasos, el fantasma que siempre le visitaba a esa hora. En ese entonces, el espectro malintencionado aquel, se adentraba a la vida de Generoso completamente solo, llevando vestidos oscuros y con una risa algo sarcástica. Frecuentemente le visitaba y charlaban, aunque con mucho desgano de parte del huésped, hasta muy adentrada la madrugada cuando repentinamente se marchaba sin aviso previo también. Una visita de ese tipo era mejor, si se le podía decir así, que las toneladas de destierro que sobre sí; sentía de manera despiadada. Esa charla se colaba sin la anuencia del viejo espectador. De haber sido por él, nunca hubiese intercambiado una sola palabra con ese aparecido; pero resultaba tan tediosa esa enorme y extravagante soledad, que con quien fuera, hablaría cualquier cosa. Era Ignacio, su padre. El espíritu del viejo “Nacho”, como siempre llamaron a aquel hombre extremadamente alto y dueño de una desviación en la columna que lo asemejaba a un adefesio excesivamente maltrecho, lo visitaba tratando con ello; de que la inmisericorde soledad lo apabullara más de la cuenta. Era un espectro que regalaba una visita tras otra, procurando de esa manera, lavar una inmensidad de culpas; a la vez que, dueño de una maldad insospechada y escapado del dominio del diablo; regalar algo más de los pesares que en vida ocasionó.
En algunas oportunidades, el espanto llegaba acompañado de Juana, la madre de Generoso. Tal vez era que coincidían en un momento casual, puesto que ambos ocupaban sitiales muy contradictorios. Entonces esas pláticas tímidas y a veces entrecortadas por el desgano, se convertían en divertidas tertulias, las cuales duraban hasta días completos. Siempre se presentaba ella detrás de él, como temerosa. Resultaba su desgano al valor, excesivamente grandioso y hasta en el más allá, se dejaba apabullar de aquella alma impía. Los separaba una línea vasta, pero la maldad de esa época era tan desmesurada, que aún dejaba esos rastros. Ella se presentaba muy sumisa tras aquella maligna aparición, pero esa sumisión no le importaba; la soportaba con mucho estoicismo. Lo hacía con la única intención de pernoctar con su bebé, mismo que la vida le había arrancado de su lado. O más bien, la arrancó a ella del lado de él. Obedecían aquellas presencias inauditas, a una premonición. Dios le permitía a ella acercarse a su hijo, con la finalidad de prepararlo para la vida eterna y a él, a Nacho, el diablo no había podido evitar que se colara por alguna insospechada rendija, para continuar una maldad que siempre se quedaría corta. Cuando Generoso vio por primera vez la luz de la vida, en los momentos cuando ya se sentían los asomos de la tercera década del siglo veinte, su padre ya ostentaba un camino andado. A sus 38 años, llevaba varios años embarazando a su mujer. Fueron doce los muchachos que Juana le parió. Aquel semental había nacido en las postrimerías del siglo diecinueve, época donde se fraguó en el país, todo aquel descalabro que duró décadas.
Muchas veces Generoso pasaba el tiempo meditabundo y solitario. Era pues tal vez, que en el mundo de los espíritus se llevaba a cabo, alguna celebración o algo por el estilo, lo que amainaba la presencia de aquellas apariciones venidas precisamente desde allá; puesto que por días, ninguno de sus compañeros de soledades se presentaba. En ocasiones, era su propio fantasma quien se quedaba horas eternas sentado frente a él, suspendido en el aire a falta de otra silla; pero donde igualmente se sentía cómodo. Jugaban interminables partidas de algún juego legendario. No hablaban, no se miraban a los ojos y mucho menos, trataban de tocarse el uno al otro. Otros días más bien, quedaba apabullado por la gran cantidad de visitantes que se acercaban a él. Eran varios fantasmas suyos que se acercaban en esas ocasiones. Se presentaban diferentes, porque venían cada uno de algunas de sus vivencias del pasado. Unas veces le recriminaban un actuar, otras, le felicitaban por un acierto.
Lo cierto del caso era que, aunque pareciere increíble, Generoso se mantenía ocupado y visitado por aquel tropel de espíritus venidos desde los sitiales donde pernoctaba su familia extinta o desde un pasado glorioso o pervertido; dependiendo desde donde se le viere. Era algo nunca pensado lo que sucedía con aquel noble anciano, a quienes lo miraban hablando en solitario y ya ni le hacían caso. Todos decían que era tan viejo, que pareciera que estaba más muerto que vivo. Tal vez, esa condición de premuerto lo hacía adentrarse un poco más de lo debido, al mundo de los finados y, de esa manera, codearse con ellos para ir amoldándose a una idea. Definitivamente, él estaba tratando de acostumbrarse a estar muerto.
Nunca dejaban solo al anciano. Siempre se hacía sentir una gran peculiaridad en la tediosa vida del mismo. Excepto por aquel sirviente huidizo, quien llegaba tres veces al día cada día, con una simple reverencia y mirando constantemente al piso; y que dejaba sobre aquella enorme mesa de nogal que Generoso visualizaba en medio de la gran sala de su casa, la bandeja dorada contentiva de los más suculentos manjares; no era visitado más que por aquel tropel de fantasmas. Los espíritus lo apabullaban, no lo dejaban ni a sol ni a sombra. Sentía el vetusto caballero, el enorme caudal de reproches dejados también sobre aquella mesa ostentosa. Llegaba de esa manera, todo su enorme pasado y aún más allá de ello. Se presentaba incluso, hasta el pasado de su pasado, a escupirle directo al rostro, reproches y más reproches. Solo en muy contadas ocasiones, se apersonaba el espíritu tierno, delicado y en solitario, de Juana, su madre y de inmediato lo acurrucaba sobre su corpiño; consintiéndolo de manera desmedida, tratando de compensar lo que quiso que fuera y no pudo ser.
Pero no era sentida esa benevolencia de manera constante. La que sí era apreciada, era la presencia constante y malévola de Ignacio. En una ocasión llegó un mozalbete de algunos dieciocho años, ataviado con vestidos a la usanza de inicios del siglo veinte. El joven en cuestión era precisamente Ignacio. Sobre su aura, irradiaba su pasado, ese pasado que nunca había mirado a los ojos a Generoso; puesto que aún no era su tiempo. Aún así, se presentaba y se sentaba a su lado, se limitaba sólo a eso. Su aura estaba impregnada de aquella soberbia época en la cual, aquel General prepotente y petulante, daba inicio a una larga dominación sangrienta y cruel por demás. El mismo que, en el seno de su tiranía, jugaba con los lineamientos sagrados devenidos de una Constitución cruelmente echada a menos, y constantemente violada. Si, el mozo fantasma mantenía sobre su aura, la crueldad de una época.
Sentado alrededor de Generoso, realizaba un parafraseo delicado y que casi ni se escuchaba. Hacía referencia a un tema en particular, cada vez que se acercaba a aquellos predios. En ese momento, hacía acordes sobre el articulado de una lastimosa Constitución, la misma de esa época en la que él habitaba. En ella, se garantizaba la inviolabilidad de la vida y la libertad. La prohibición de penas corporales mayores de quince años, y la abolición de penas infamantes, grillos, cepos y esposas. Llegaba a hacer referencias extrañas a Generoso, pero no sólo era eso, además de susurrar libertades y derechos antiquísimos; era ese fantasma, poseedor de un sufrimiento infinito, ese mismo sufrimiento que azotó a todo un país durante casi treinta años; de las manos infames de un monstruoso déspota. Fue un sufrimiento que lo transformó a su vez, en un dominador más de la vida. Ese fue siempre, el odioso círculo vicioso que tanto daño le hizo a una nación entera.
Gritaba ese fantasmita en la lúgubre habitación ocupada por Generoso, la ascensión de un régimen opresor. ¡Debieron evitarlo!, decía Ignacio con aquel grito ensordecedor que solo escuchaba el anciano. Y no mentía aquel espectro. Realmente, debieron haber contemplado a un régimen que quiso mostrar un rostro humano y pacifico, pero que tan pronto se asió al poder, se quitó la careta; procediendo a violar de manera reiterada, las normas que había establecido en su propia Constitución. A un ex presidente, de quien temieron una invasión, lo amenazaron desde su país; al señalar que lo esperaban para capturarlo y ponerle un grillo de setenta kilos e incomunicarlo en la prisión más aberrante que se haya conocido jamás. Ya no había nada que hacer. Nadie lo escuchaba. Nadie evitó nada en esa oportunidad, y no sería sino hasta el año 1928, cuando surgiría una generación de valientes jóvenes, a tratar de oponerse a aquella banda inhumana. Se esfumaba después de exteriorizar aquel llanto de impotencia, el joven que fue Ignacio cuando se iniciaba aquel nefasto período en la patria grande.
Por momentos, quedaba el noble anciano solo y ofuscado. No le gustaba estar en solitario, pero le gustare o no, tenía que soportar inevitablemente el enorme peso de la soledad; entonces, ese destierro hacía estragos de él. Por lo tanto, no le quedaba otra salida que no fuese, arrojar su leve cuerpo sobre el tedioso camastro y dejar que el sueño lo apabullara y lo condujera directo a una alucinación. Incluso, en ese sitio de su letargo, aquella invasión de fantasmas se arremolinaba para martirizarlo. ¿Qué infinito mal había hecho Generoso para que eso le sucediera? Era la constante pregunta que él mismo se hacía, y la que había tratado de contestar desde que llegó a ocupar esa enorme casa. En la madrugada, se presentó ante Generoso, nuevamente un espectro, esa vez era un espectro benévolo; el de una mujer ataviada en humildes vestimentas. Estaba allí, justo frente a él, su madre.
_ Hijito. Se limitaba solamente a decir con un tono sencillo y lastimero. Al escuchar aquellas tenues palabras, Generoso se sobresaltaba y hábilmente se apeaba de su aposento. Con asombro, como si fuese la primera vez que la miraba, se sentía invadido en primer lugar, por una estela de temor que en instantes desaparecía y daba entonces paso a una incontenible ternura. Una ternura que llegaba, gracias a aquella mirada risueña de los ojos delicados de una madre que nunca pudo llegar a ser precisamente eso.
_ ¿Qué le pasa madre? ¿Por qué sufre de esa manera?
_ No puedo evitarlo hijito. Sufro y he estado sufriendo durante todo éste tiempo, y lo estaré por toda la eternidad hijito de mi vida. Este sufrimiento me ha estado torturando desde que tu llegaste al mundo, mi amor bello. A tus hermanos amamanté y cuidé con esa dedicación que surgía de la obra de Dios. Pero contigo no pude ser madre. Te dejé solo en un difícil camino, y en un apremiante momento.
_ Pero madre no sufra, yo salí adelante madre. Aunque mi padre fue cruel conmigo, y hasta la vida misma me exigió más de la cuenta, salí adelante. Ya cálmese madre. No fue culpa suya. Son las cosas de la vida las que nos pasan muchas veces, cuentas que no podemos pagar y entonces ella se cobra a la fuerza, quitándonos en muchas ocasiones lo que más amamos.
_Hablas muy bonito hijito. Tus palabras me regalan un poco de paz. Esa paz que nunca sentí mientras vivía, y que ahora en este plano en donde he venido a parar; tampoco la he percibido. Nunca he tenido paz conmigo misma. No ha bastado con haberte dejado solo. No ha bastado con que yo entregara mi vida cuando llegaste a esa, tu vida. No bastó mi paso por éste borrascoso mundo, para que a pesar de ello, se me someta a ésta interminable penitencia de no poder ver las luces, la gloria de nuestro padre celestial. Entonces, cuando ya falta poco para tu partida mi niño, se nos permite deslizarnos por la ranura y venir donde tú estás y de esa manera, en mi caso; sentir por lo menos, una ligereza en mi pena.
Generoso la escuchaba como quien escucha a un mortal común, sin inmutarse; pues creyó que no había motivos para ello. Total, se trataba de su madre esa aparición con la que intercambiaba palabras. Era de madrugada, y nadie de los tantos que vigilaban embarrados en una curiosidad sin parangón, estaba atento a aquella plática que se prometía reveladora. Lo que si sentía Generoso, era una leve incomodidad que significaba hasta cierto punto razonable. Sentía ese dejo de hastío, cuando el ente le decía hijito. Realmente ella, como una aparición del más allá, no miraba a un anciano, sino a su hijito. Por ello así le decía. Él sentía aquella incomodidad, ya que, cruzando como estaba la curva rumbo al centenario, le resultaba incomprensible que alguien, por más muerto que tuviese; le llamara hijito, como si le estuviese restando noventa años de un tirón.