Las hojas secas que se arremolinaban en la parte trasera del pequeño jardín de mi casa eran señales de que el otoño había llegado; ya eran tres semanas desde que la banda de Lukas se presentara en Music Stations, y yo me mantenía encerrada en mi cuarto. A ratos me pasaba la tarde mirando a Lako, tras las hojas que caían del árbol torcido. A ratos, mis ojos se quedaban fijas en el espejo, en mi reflejo; el rubio artificial se había ido ya, era cierto el dicho ese, de que las rubias la pasaban mejor, de repente yo les agradaba a los que todo el año pasado me ignoraban. Era triste pero cierto, había bastado aclararme el pelo para ser aceptada, aunque no era esa mi intensión. La mayoría giraban y me saludaban con amabilidad, incluso a Nicolás volví a interesarle. Esos días, en casa vivíamos

