Desperté con el grito de mamá. —¡Cariño, baja a cenar! ¡Te preparé tostadas con mantequilla de maní, tu favorita! Tenía la mente en blanco, y se sentía bastante bien. Quizás todo lo anterior era solo un mal sueño y nada más. Me fijé el celular. Lukas no se había conectado aun, y a mí me faltaban agallas para ser quien llamara primero. Bajé a comer. Papá estaba de buen humor y le había comprado chocolate suizo a mamá. Mientras desayunaba, por debajo de la mesa, cada tanto miraba el celular. Lukas no se comunicaba. Diez, quince, veinte minutos largos de pura tensión, pero no nada, no sonaba. No había un solo mensaje, una sola llamada para mí. De camino a la escuela no le saqué los ojos de vista, pero nada. Dos horas después mi desesperación me superó, pedí permiso para ir al baño.

