Saints

1234 Palabras
Al regresar de entregar el coche alquilado, me paso todo el lunes con Saikano terminando de cotejar todo lo que nos ha llegado sobre posibles destinos de la draga Droit de force. Pero, al mismo tiempo, también me empapo de las rutinas de vigilancia a la que el F.B.I. tiene sometida a la familia Dassuan. Es lo bueno de cooperar con la agencia federal; tú le haces los trabajos denigrantes, como control de carreteras y el desalojo de un barrio en alguna que otra ocasión y, a cambio, puedes husmear en sus rutinas. De la draga no sacamos nada en claro más que no estuvo fondeada dónde nos dijo Hanwesh, como ya suponíamos. Pero, para mi propio beneficio, la cosa sí es fructífera. Los martes es día de ronda para Arnold. Por lo visto, recorre las zonas de sus distintos camellos y hace una estimación de lo que van a necesitar en las próximas dos semanas. Así mismo, recoge las ganancias y paga a sus intermediarios. También hay un par de burdeles en la margen izquierda del río que son propiedad de la familia, y es ahí donde termina la ronda siempre. Me digo que es una oportunidad a aprovechar, más que nada para hablar con las chicas del burdel por sí han visto algo sospechoso. No me espero nada evidente, ellas trabajan para la familia así que se cuidaran mucho de hablar, pero puedo averiguar datos que parecen inofensivos para ellos pero que pueden completar el puzzle para nosotros. Así que me paso por el piso compartido primero, donde me agencio un par de armas que no están registradas, que meto junto con unos cuantos cargadores de 9mm en un maletín reforzado. Escojo un buen cuchillo lastrado y una picana de alto voltaje que añado a las pistolas. Más vale ser precavidos, decía el instructor de Luke, y seguro que tenía más razón que un santo. Sonrío al pensar en la frase. Aún no me acostumbro a que no me burbujee la boca cuando digo esas cosas. Me dirijo directamente al burdel. Por la hora que es, Arnold estará a la mitad de su recorrido. Tengo que hacer tiempo. El sitio tiene clase y está decorado con gusto, no es uno de esos habituales clubes de strip tease forrados con plástico. No hay mucha gente. Es martes y es temprano, por lo que puedo admirar a la mayoría de chicas en el salón. Hay música suave y se sirve cerveza sobre todo. Desde el salón, se remonta una gran escalera curvada que sirve de techo a media estancia. Es impresionante, la verdad, bien pensada estéticamente, pues quiebra la visión desde cualquier punto del salón. Arriba se encuentran las habitaciones donde trabajan las chicas y una especie de balconada interior hace de pasillo a ambos lados de la escalera. Hay muchas puertas abiertas ahora y dos pasillos que se pierden hacia el interior de la planta. Una joven mulata, de no más de veinte años, se acerca a tantearme, para lo que inicia una conversación muy ensayada, me digo. — ¿Qué hay? Me llamo Zaira –me dice con una bonita sonrisa. La música no está alta y podemos hablar en un tono comedido. —Luke, bonita. —No te he visto antes por aquí. ¿Es tu primera vez? —Sí, algo así. Soy nuevo en la ciudad. —Ah… ¿Y de dónde vienes? —Oh, digamos que de otra parte del mundo –le digo riendo y señalando al suelo. — ¿De Australia? –pregunta, pegándose más a mí. — Caliente, caliente. Ella sonríe ampliamente. Es bonita y aún parece ser un tanto ingenua. Debe de ser nueva. Por mi parte, repaso lo que Luke sabe de las prostitutas. Si quieres hablar con ellas, tienes que invitarlas a una copa… — ¿Quieres beber algo? —Sí, gracias –se gira hacia el camarero y pide un ron con cola. Lo que saco de los recuerdos de Luke me dice que es sólo refresco lo que le ponen en la copa pero a mí me lo cobraran como un combinado de marca buena. El negocio es el negocio. Brindo con el gollete de mi cerveza y un dedo de su mano libre se desliza sobre mi antebrazo, realizando sencillos arabescos. — ¿A qué te dedicas, Luke? –me pregunta sin dejar de posar su mirada sobre el maletín que no he soltado para nada. Es un maletín rígido del tipo que llevan los ejecutivos. Está reforzado y contiene el arsenal que he sacado de casa. — ¿Qué crees tú que hago para ganarme la vida? –la reto a jugar. —Vender seguros no, eso está claro –me sigue la broma, tras palparme un brazo y echar un buen vistazo a mi cuerpo. — ¿Bombero o algo parecido? —Algo parecido… preparador físico. Trabajo para los Saints –le digo, recordando una conversación con Saikano esta misma mañana. — ¿No se habían mudado a Texas? –parpadeó ella. —Sí, a San Antonio pero este fin de semana vienen a jugar a Baton Rouge y yo estoy aquí para comprobar que las instalaciones estén bien. Para la temporada que viene, los Saints volverán a Nueva Orleans, ya verás. —Me alegro –dijo ella justo antes de atrapar la cañita con sus gruesos labios y sorber con ganas. “¡Por el tridente del Jefe, debe de ser su especialidad! ¡Esta vuelve un tío del revés si le hace eso en el cipote!”, divago al mirar aquella boca succionadora. Pido otra cerveza para mí y otro ron para ella. — ¿Nos sentamos un rato? –le pregunto, apuntando con mi barbilla hacia el fondo del salón. Arnold pronto estará aquí y quiero situarme estratégicamente para observarle. — ¿No quieres subir mejor? –dice ella, haciendo un puchero delicioso con sus labios y barbilla. —Aún no, bonita. Es demasiado temprano para vaciar la reserva –bromeo, despegándome del mostrador. Ella se ríe y me sigue. En cuanto nos sentamos, su mano se posa sobre mi muslo y comienza a hablarme al oído. Me pregunta cosas sobre los jugadores de los Saints y yo me divierto inventándome las respuestas. A cada pregunta, su mano trepa por mi muslo con mucha suavidad, acercándose a mi entrepierna. Sabe cómo calentarme pero yo tampoco soy manco. Si cree que su mano es la única que se va a mover, va lista… Su faldita deja poco de sus muslos a la imaginación pero lo que a mi me interesa está atrás, oculto bajo la tela y mi mano se desliza por debajo como una entidad viva. La chica no se espera el movimiento, ni la suavidad con el que lo he hecho. Respinga levemente y acabar mordiéndose el labio inferior. Mis dedos alcanzan sus nalgas sin que nadie más se de cuenta de lo que hago. Entonces, me mira a los ojos y sonríe. Su trasero se alza imperceptiblemente, sólo lo justo para que mis dedos ahonden en busca de su vulva. La braguita es ínfima y mis dedos embuten la mayor parte de la tela entre sus labios mayores. Al mismo tiempo, su mano alcanza el bulto que crece sobre mi regazo. Mientras palpa, vuelve a mordisquear su grueso labio inferior. Creo que le gusta el tamaño de lo que está sobando. CONTINUARÁ...
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR