Eran las ocho y media. El viento había amainado y la nieve caía lentamente. En el estudio, Judith sintió la tristeza que acompaña a la finalización de una buena obra. Ese mismo día había renunciado a su encargo para la amiga de Bethany -la escena de la ribera del río con su complejidad de gomas rojas- en favor de su último paisaje de Wimmera, una escueta representación de una granja abandonada, y ahora la obra apenas requería una pincelada más. El cuadro iba a colgarse en el bistró Aussie de la Calle Fore y se alegró de haber superado su aversión a la temática de hamburguesas y tartas y de haber ido un día con un montón de fotos en el móvil. La dueña, una mujer burbujeante de unos treinta años, se mostró encantada y le ofreció exponer y vender todas sus obras de Wimmera a cambio de una co

