Capítulo 2: La voz de la razón

1105 Palabras
El cuerpo le ardía de forma terrible, y en su excesivamente nívea piel las cicatrices de la brutal paliza aún no sanaban… y tardarían un buen rato en hacerlo. Sylor se giró para buscar ropa limpia en su maleta, que se encontraba sobre la pequeña cama de su mínima habitación y, al agacharse, un terrible dolor surcó su espalda, desde el coxis hasta los hombros, y lo hizo sisear. Allí, debajo de las marcas recientes de latigazos, que se conservaban en carne viva, roja y asquerosa, y que bajaban hasta sus nalgas, muslos y piernas, se veían también marcas de torturas anteriores. Su padre era un tipo duro. Apretó los labios uno contra otro, y rabió por carecer de la determinación necesaria para hacer lo que le encomendaban. —¿Acaso soy yo quien comete un error? —se preguntó en voz alta, y negó con la cabeza a continuación. »No. Él está equivocado —murmuró, sacando ropa interior de uno de los bolsillos del equipaje—. Él siempre ha estado equivocado —reafirmó convencido. Su padre era un desalmado en todo el sentido de la palabra.   Unos nudillos tocaron el madero, y la puerta de la habitación se abrió sin esperar ninguna clase de autorización de su parte. Al otro lado, un varón de contextura atlética, pero no tan alto como él, apareció. —Es bueno saber que has salido de ahí, Sylor —dijo el recién llegado, pelinegro y con el cabello peinado hacia atrás, no muy largo y con los costados bajos. Él se adentró en el cuarto y cerró la puerta tras de sí. Sylor no dejó de buscar un par de pantalones anchos y una camiseta, ni siquiera lo miró. —Supongo que tuve suerte esta vez… Padre fue llamado por la llegada de una correspondencia urgente —manifestó con la voz baja y desganada. Terminó de sacar la ropa, se dio la vuelta y se sentó al borde de la cama. Su rostro, cuello, pecho… sus brazos y la parte delantera de sus piernas, el abdomen… todo se hallaba lleno de profundas cicatrices de latigazos enrojecidos que perturbaban la vista de su pálida y natural piel. Sus ojos, dos turquesas claras y brillantes, se hallaban ensombrecidas por el dolor y la decepción. Bastián, el recién llegado, primogénito de Emyr Bernadotte y líder de la sexta generación del clan vampírico de los Gottorp, avanzó más en la habitación, mojando sus labios, y le dijo: —¿Hasta cuándo seguirá siendo de esta forma, Sylor? El nombrado, que acababa de ponerse los boxers, arrugó el mirar en el suelo, y negó. —No quiero escucharte decir todo eso de nuevo, Bastián. —Entonces has lo que padre te dice. —Bastián, que vestía un traje de tres piezas tan n***o como sus irises, cruzó los brazos frente a su pecho. »Solo tenías que matar a un hombre; ya lo has hecho antes, ¿no es así? Mataste a aquel alquimista en la isla… ¿Por qué es diferente ahora? Sylor subió la mirada de golpe, y sus claros ojos taladraron a su hermano mayor, quien se estremeció por la intensidad y recelo que vio en esos orbes, al punto de arrugar el semblante. —Todo fue un desastre después de aquella vez, por eso —declaró duro y cortante el pelirrojo, cuyos cabellos permanecían alborotados y medio mojados tras haberse dado un baño. El otro caminó hasta situarse frente a él, que ahora se ponía los pantalones, anchos y largos, con cuidado de no lastimar sus heridas. —¿Por qué, Sylor? —indagó. En los pasados años, su hermano menor, a quien su padre obligaba ante el mundo a parecer y comportarse como una mujer, jamás quiso hablar del tema. Pero ya era hora. Sylor tragó, miró a su hermano desde abajo, y después llevó la vista a otro sitio. —Cada vez que cierro los ojos para tratar de descansar, veo su cara de sorpresa cuando mi espada atravesó su pecho, el dolor que nació en su cuerpo medio segundo después. —Colocó las manos sobre sus muslos y las apretó en puños. »Su cuerpo al entrar en tensión y comenzar a colapsar… recuerdo su sangre en mis manos. —La voz se le partió justo al momento en el que sus ojos se fueron al suelo, y el cuerpo comenzó a temblarle. »Lo recuerdo agonizando… un pobre chico, tan o más joven que yo en ese entonces, muriendo por mi culpa, porque yo quería obtener el favor de mi padre. —Arrugó la mirada. El frío le entró desde los pies, y se instauró como arma pesada en su pecho. »No puedo volver a hacerle algo así a nadie. —Alzó la cabeza y sostuvo la mirada de su hermano. Bastián tragó al ver la determinación regresar al rostro de su hermanito. —Lamento escuchar eso —murmuró el mayor y llevó la vista a la puerta—. Escuché tus gritos los dos pasados días… Sabes que nuestro padre no se detendrá —advirtió, y regresó su atención al pelirrojo. »¿Hasta cuándo podrás soportarlo? ¿Cuánto más resistirá tu cuerpo? —preguntó con dureza, pero también preocupación—. Con cada sesión de tortura, el látigo bañado en magia penetra más profundo en tu piel, y las heridas tardan más en sanar… Solo se vuelve más doloroso para ti. La expresión de Sylor tembló. Sus finos rasgos, diferentes a la dura expresión del mayor de sus hermanos, se contrajeron en congoja, y su rostro volteó lejos. —¿Crees que, si pudiera hacerlo, si pudiera matar más, como él lo desea, no lo habría hecho antes? —soltó la pregunta con voz ronca—. ¿Crees que me gusta todo lo que me hace de puertas para adentro? ¿Crees que me gusta fingir ser algo que no soy ante el mundo? Apretó las mandíbulas una contra la otra, y Bastián pudo ver, en el refilón de un mirar que le dirigía a la pared, la auténtica ira, una que jamás había visto en el más joven. Si los pensamientos de Sylor se estaban turbando hasta ese punto… ¿qué le esperaba? —Entonces, ¿qué harás? —preguntó certero—. Si esto sigue así, ni siquiera vivirás cien años —acotó con tristeza. Los hombros de Sylor cayeron, y apretó la camisa entre sus manos. En ese momento, Damon tocó la puerta y cortó la atmósfera en dos. Bastián lo autorizó pasar, y él anunció: —Señor Bastian, señora Sylor, su padre desea verlos a ambos en su oficina, ahora. .
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