Después de que Violeta y Bastián se retiraran a sus habitaciones en la tarde, Lucía se quedó parada en medio del gran salón que conformaba la biblioteca. Tenía aun en sus manos los zapatos blancos de Violeta, mientras veía a las demás enfermeras retirarse ante las puertas abiertas del salón, dejándola a solas frente a su superiora, que tenía una expresión en el rostro difícil de descifrar. Podía estar feliz por haber hecho nuevamente infeliz a la joven o quizá disgustada con el deficiente trabajo de Lucía. Así que no quiso mediar palabra para no tentar la suerte, además de reconocer el susceptible y siempre cambiante estado de ánimo de Esther. La anciana y robusta mujer dio la vuelta y empezó a alejarse hacia el lobi del pabellón de mujeres. — ¿Qué? ¿Piensas quedarte ahí toda la vida?

