—Porque usted no me lo pide. El señor Moore se apresuró a invitar a ambas niñas a que lo visitaran al día siguiente, prometiendo que, puesto que iba a Stilbro por la mañana, compraría un regalo para cada una, de cuya naturaleza no quería revelar nada; tendrían que ir a verlo por sí mismas. Jessy estaba a punto de replicar, pero uno de los chicos metió baza inesperadamente. —Conozco a esa señorita Helstone de la que todos parloteaban: es una chica fea. ¡La odio! Odio a todas las mujeres. Me gustaría saber para qué sirven. —¡Martin! —dijo su padre, pues de Martin se trataba. El muchacho se limitó a volver su joven rostro cínico, a medias malicioso, a medias agresivo, hacia la silla paterna—. Martin, hijo mío, eres un granuja jactancioso; un día serás un jovenzuelo extravagante, pero no ol

