Sólo en la iglesia tenía Caroline oportunidad de verlo, y allí casi nunca lo miraba: le causaba demasiado dolor y placer al mismo tiempo; excitaba demasiadas emociones, y había acabado por comprender que todas eran desperdiciadas. Una vez, un domingo oscuro y lluvioso en el que había poca gente en la iglesia, y hallándose sobre todo ausentes ciertas señoras, a cuyas dotes de observación y lenguas afiladas tenía un miedo pavoroso, la sobrina del rector había dejado que sus ojos se posaran en el banco de Robert y se demoraran un rato observando a su ocupante. Robert estaba solo; a Hortense la habían retenido en casa prudentes consideraciones relativas a la lluvia y a un nuevo chapeau primaveral. Durante el sermón estuvo sentado con los brazos cruzados y la vista baja, y parecía muy triste y

