Fanny ayudó a la señorita Helstone a guardar sus labores y luego a vestirse. —Usted no será una solterona, señorita Caroline —dijo, mientras ataba el fajín de su vestido de seda marrón, tras haberle peinado los suaves, abundantes y lustrosos rizos—, no tiene trazas de solterona. Caroline miró el pequeño espejo que tenía delante y pensó que alguna traza sí tenía. Veía que había cambiado durante aquel último mes, que el tono de su cutis era más pálido, que sus ojos estaban alterados: una sombra macilenta parecía rodearlos, su semblante mostraba el desaliento. No estaba, en definitiva, tan hermosa como antes, ni tenía tan buen color. Se lo insinuó fríamente a Fanny, de quien no obtuvo una respuesta directa, tan sólo el comentario de que la gente cambiaba de aspecto, pero que a su edad adelg

