La bienvenida que dispensó a Caroline fue formal, pese a su amabilidad, pues fue amable, pero la señorita Helstone la disculpó. Conocía en parte la benevolencia del corazón que latía bajo el almidonado pañuelo; todos en el vecindario —al menos toda la parte femenina— la conocía; nadie hablaba mal de la señorita Ainley, excepto los caballeros jóvenes y dicharacheros y los caballeros viejos y desconsiderados, a quienes les parecía repelente. Caroline pronto se sintió a gusto en la diminuta salita; una mano amable recibió su chal y su sombrero y la instaló en el asiento más cómodo junto al fuego. Pronto la mujer joven y la anticuada se enzarzaron en una amable conversación, y pronto Caroline fue consciente del poder que podía ejercer un espíritu serenísimo, desinteresado y benévolo sobre aqu

