—Mientras yo viva, no serás institutriz, Caroline. No permitiré que se diga que mi sobrina es una institutriz. —Pero cuanto más se tarda en hacer un cambio así, más difícil y penoso resulta, tío. Desearía acostumbrarme al y**o antes de que se forme en mí el hábito de la comodidad y la independencia. —No me atosigues, Caroline, te lo suplico. Tengo el propósito de asegurar tu porvenir. Siempre lo he tenido. Obtendré una renta vitalicia para ti. ¡Dios mío! Tengo cincuenta y cinco años, mi salud y mi constitución son excelentes; hay tiempo de sobra para ahorrar y tomar medidas. No te preocupes por el futuro. ¿Es eso lo que te atormenta? —No, tío, pero anhelo un cambio. El rector se echó a reír. —¡Ha hablado la mujer! —exclamó—. ¡Una auténtica mujer! ¡Un cambio, un cambio! ¡Siempre fantás

