CAPÍTULO XI-3

2717 Palabras

Caroline y aquella señora se habrían entendido en seguida a las mil maravillas si hubieran estado solas. La señora tenía la voz más clara que imaginarse pueda, infinitamente más suave y melodiosa de lo que podría esperarse razonablemente de sus cuarenta años, y una figura decididamente rolliza. A Caroline le gustó aquella voz, que compensaba el acento y el lenguaje formales, aunque correctos; pronto habría descubierto la señora que a Caroline le gustaban su voz y su persona, y en diez minutos se habrían hecho amigas. Pero el señor Helstone seguía de pie en la alfombra, mirándolas a las dos, fijando su mirada sarcástica y penetrante sobre todo en la extraña señora, demostrando bien a las claras que no soportaba su fría formalidad y que le irritaba su falta de aplomo. Su dura mirada y su voz

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