Valeria Un año y cuatro meses después de nuestro primer amanecer sin sombras. Palermo, finales de octubre. El aire ya huele a castañas asadas y a mar frío. El Rincón del Mar está más lleno que nunca: hemos tenido que poner cuatro mesas más en la terraza y aún hay cola los domingos. Mateo y yo vivimos arriba del café ahora; convertimos el pequeño ático en nuestro hogar definitivo. La casita de la playa la alquilamos a turistas y con eso pagamos la reforma del local. Esa mañana de octubre yo abría sola. Mateo había salido muy temprano con Dante “a resolver un asunto rápido en el puerto”. No me preocupé; ya no me preocupaba por casi nada. A las nueve y media entró un cartero que nunca había visto. Traía un sobre certificado, grueso, con sello de Roma y mi nombre escrito a mano: Valeria B

