El silencio que siguió a la partida de Alberto fue más ensordecedor que su propia violencia. Me quedé unos minutos más tirada en el suelo, con la mejilla hundida en la alfombra áspera, sintiendo el latido de mi propio sexo como una campana furiosa que no dejaba de repicar en mis oídos. El aire de la sala se sentía viciado, cargado con el olor del whisky y la estela de una dominación que me había dejado exhausta. Me levanté con las piernas temblorosas, sintiendo cómo el frío del suelo de madera castigaba mis pies descalzos, y caminé hacia el baño de la planta baja con movimientos mecánicos, como si mi mente estuviera observando mi cuerpo desde fuera. Me senté en el inodoro y sentí el alivio ardiente de la orina, que quemaba al contacto con los tejidos irritados de mi entrada, arrastrando c

