La resistencia inicial que intenté oponer fue un gesto patético, un último vestigio de la mujer educada y decorosa que solía ser hasta hace apenas unas horas. Fue un movimiento instintivo de mi mano buscando apartarlo, pero mi fuerza se disolvió antes de tocarlo. Cuando Alberto intentó forzar su m*****o en mi boca, apreté los labios con una fuerza nacida del pánico moral, una última barrera contra el abismo, pero él no se inmuitó ante mi negativa. Con una calma sádica que me heló la sangre, sujetó la base de su pene con una mano y, con un movimiento rítmico, empezó a golpear mis mejillas con él. El sonido de la carne caliente chocando contra mi piel —ese flap, flap rítmico, húmedo y sordo— era una bofetada directa a mi dignidad. Con cada golpe, la punta de su v***a dejaba un rastro de pre-

