El restaurante era uno de esos lugares de cortes gruesos y botellas de vino caras, donde el aire huele a leña, a cuero viejo y a negocios de hombres que se cierran con un apretón de manos y un brindis. Alberto llegó primero, todavía con el eco de la conversación con Carla resonando en su cabeza como un zumbido persistente. Se sentó en una mesa apartada, buscando una penumbra que ocultara su agitación. No sabía cómo empezar, pero la confianza de décadas con Ricardo, forjada entre parrandas y secretos compartidos, le daba el valor necesario para cruzar esa línea. Cuando Ricardo apareció, con su risa estruendosa que parecía llenar cada rincón del local y esa seguridad casi ofensiva de quien se siente dueño absoluto del mundo, pidió la primera ronda de tequilas reposados antes siquiera de sol

