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Después de muchos años de encierro, Valentina tenía la posibilidad de extender sus alas y asistir a la más prestigiosa universidad del país gracias a una beca escolar. Pero eso no sería posible si Jimena, su hermana, no convencía al testarudo de su padre que la dejara volar.
Luego de que su padre llegara del taller de mecánica para almorzar, y antes de que se retirara a sus labores, Jimena se llena de valor para abogar por la pequeña Valentina.
— ¡Padre! ¿Qué opinas de la beca que obtuvo Valentina? —Interroga Jimena.
—¿Qué quieres que diga? Si no hace nada en casa, lo único que le queda es ser la mejor estudiante y lo hizo —Expresa, dejando la mesa—Ya la felicité, ¿Qué más quieres que haga por ella?
—Creí que mencionarías que era una gran oportunidad para ella.
—Sí, es una gran oportunidad para que ese desgraciado la encuentre y termine con su vida.
—Han pasado más de 17 años y no han vuelto a buscarla. ¿Crees que justo ahora intenten lastimarla? —interroga Jimena.
—Esos desgraciados nunca se rendirán — se molesta.
—Pero no puedes impedir que cumpla sus sueños, papá.
—Si tanto quiere estudiar, que estudie en el instituto, hay buenas carreras técnicas, una de ellas debe ser tan buena como el querer ser doctora.
— Es un desperdicio de su talento mantener a Valentina en un instituto de pueblo, cuando tiene una beca completa para la mejor universidad del país. —Insiste Jimena.
—Así sea la mejor universidad del mundo, ella no va y punto —Golpea la mesa —. Ya tomé mi decisión y nada va a hacer que cambié de opinión.
—¿Piensas que manteniéndola encerrada y prohibiéndole lugares, es lo mejor? ¡No tienes idea de lo mucho que ha sufrido! Tiene derecho a ser feliz a elegir lo que quiere, ya le has negado una familia, no puedes romper sus sueños —Expresa con voz quebrada —. No podemos hacer nada contra el destino, si ellos están en su vida, tarde o temprano llegaran a ella.
—Mejor tarde que temprano.
—No seas necio, padre.
—¡Tú no entiendes, Jimena! Esa gente es mala, destrozó nuestras vidas, ¡Solo busco protegerla! —Eleva el tono de voz.
—Condenarla a la soledad y a tu desprecio no es protegerla. Le has negado el amor de un padre, ni una sola vez has permitido que te dé su cariño, tu corazón sigue lleno de odio. Esa no es la vida que deseas que lleve hasta el final de sus días.
—Algún día va a entenderlo. Y no me vengas con esa mierda del sentimentalismo, que sabes perfectamente que Valentina es fuerte, rebelde y una desobediente, siempre ha roto mis reglas.
—Entonces también sabrás, que cuando sea mayor de edad lo primero que hará es dejarnos. Únicamente faltan unos meses y no podrás hacer nada para evitarlo.
— El que lo piense no significa que lo haga, no es tan fácil salir de casa e irse, no tiene a nadie más que a nosotros. ¿Qué crees que haga una chica sin familia, sin amigos, sin dinero, sin trabajo, fuera de esta casa? Le guste o no, nos necesita —insiste el padre, manteniendo firme en su decisión.
—Es terca como tú —Dice Jimena.
—Ni me lo recuerdes.
—Le gustan los desafíos, y el que no le conozcamos amigos, no significa que no tenga uno. Es muy comunicativa y en los eventos de sus colegios he visto que se lleva muy bien con todos.
—Y eso tampoco te garantiza que tenga amigos. Quiero creer que solo es buena alumna.
Héctor ha intentado por años ser el padre que Valentina necesitaba, pero cada vez que la mira, es volver a ese ayer doloroso, lleno de muerte, gritos y sangre de sus seres queridos. Por mucho tiempo maldijo su existencia, y aunque quisiera odiarla, no puede, sigue compartiendo su misma sangre.
— ¿Qué harás entonces? ¿Atarla a una silla hasta que se pudra? —Insiste Jimena al borde del llanto.
— ¡Si es necesario! ¡Sí! —Golpea la mesa, el viejo necio.
— ¡Por favor, papá! Déjala que extienda sus alas. Si tanto temes que lleguen a ella ¿Por qué no nos vamos a otro lugar o a otro país? —Propone Jimena, dejando correr sus lágrimas.
—No es tan sencillo como crees o ya lo hubiese hecho hace tiempo. —Se toma la cabeza, se ve muy afligido, se pone de pie y la mira con nostalgia.
— ¡Padre! Solo déjala vivir sus sueños. Sabe muy bien a quien no debe acercarse.
—¿Y piensas que eso sea suficiente para detenerla? Hasta el momento su curiosidad está detenida, cuando vaya a esa universidad las preguntas volverán, nada va a detenerla para obtener las respuestas que busca.
—Las buscará de todos modos. Es mejor que sienta que estamos de su lado. Para cuando llegue el momento de dar la cara nos escuche. Sé que también sientes que no podemos seguir tapando el sol con un dedo, en algún momento ellos van a encontrarse. Sabemos que tiene un hijo.
—Ese es mi gran temor, Jimena. ¿Qué pasará cuando los conozca y no pueda evitarlos? Yo… —se deja caer otra vez en la silla.
— ¡Padre! —Se acerca y posa sus delicadas manos sobre los cansados hombros de su papá —No podemos evitar el destino, sabes que siempre aparece.
—No quiero que sufra… —Su voz se quiebra recordando el ayer.
—Ya lo hace. —Haciendo hincapié en el doloroso presente que vive Valentina. — No creo que pueda hacerlo más.
La pequeña charla se extiende unos minutos más, después de algunas lágrimas, arrepentimientos y culpas Héctor da un paso al costado, Jimena tenía razón en todo, él y su terquedad no iban a impedir que al cumplir la mayoría de edad ella se fuera de la casa, o el mantenerla limitada de la libertad no atraparía su curiosidad y la necesidad de buscar respuestas. Tarde o temprano lo sabría todo.
—Está bien, lo que tenga que pasar, que pase. Irá a esa Universidad. Pero no lo hará sola. Tengo una condición.
—¿Cuál?
— Que Antonio sea el encargado de llevarla y recogerla de la puerta de la universidad todos los días.
—¿No pudiste elegir alguien mejor? Ese hombre ha pretendido a Valentina desde que es una niña, es un pervertido.
—Es un buen hombre —Eleva el tono de voz—. Trabajador y joven.
—Ay, ¡por favor! Podría ser su padre.
—No digas tonterías. Te guste o no será su chofer, es el único en quien confió.
—Parece que estuvieses deseando que la corteje.
—¿Qué tendría de malo?
— Valentina es una niña, y ese hombre parece el lobo feroz, no estaré tranquila dejándola a solas con él.
—Deja de manifestar tonterías, Antonio es un caballero, puede que parezca un pervertido, pero lo conozco, si no estuviese seguro de que la respetará, no lo pondría a cargo.
Luego de terminar su almuerzo regresa a su taller. Cuando Valentina regresa Jimena le da la buena nueva y el detalle de Antonio no le molesta tanto, pues sabe cómo defenderse de hombres así y la felicidad de al fin empezar a cumplir su sueño.
—Si te falta el respeto, si te expresa algo grosero, lo más mínimo que sea, me lo dirás y te juro que lo castro —le dice Jimena.
—No te preocupes, no intentará nada conmigo —sonríe —. Sabe que tiene que mantener su distancia
—Me aterra el creer que puedan hacerte daño, mi niña.
—Ya no soy una niña Jimena, sé defenderme muy bien y Antonio es como un perro que ladra y no muerde, papá sabe en quién confiar.
—¿No sé cómo puedas estar tan tranquila?
—Estoy feliz de ir a la universidad, emocionada por empezar ese camino que tanto he soñado caminar. Y ni el estúpido de Antonio puede opacar este momento. Todos los días me verás salir con una sonrisa y regresar de la misma manera.
Jimena la estrecha entre sus brazos y siente esa incontrolable emoción que las invade. Tantas noches en vela habían valido la pena, su pequeña estaba a punto de volar del nido para empezar a extender sus alas en ese desafiante cielo y aunque tenía miedo de dejarla sola, sabía que era fuerte y podía confiar en sus decisiones, más no en lo que el destino le tenía deparado.