Leonela se enfrentaba a ese día temido, su castillo de arena se derrumbaba. Siendo ella una mujer que no dejaba cabos sueltos, había cometido dos errores. Uno, el creer que Abigaíl era una niña tonta y dos, dejar con vida a Max Schneider. Ya era tarde para arrepentimientos, estaba siendo acorralada y no podía perder la calma. Estar entre la espada y la pared no era agradable. —La ambición de Leonela Johnson no tiene límites, ha sido capaz de ensuciarse las manos con sangre para llegar a tener lo que ambiciona— informa Max apuñalándola por la espalda. —¿Y cuáles son esas ambiciones, señor detective? — reta Leonela buscando una salida—¡vamos! No guarde silencio ahora que supone dominar el tema. Todos estamos ansiosos de escucharlo. —La fortuna Lisboa — expresa, Max después de unos segund

