Continuación…
Llegó el momento, donde tienes que ser un hombre y hablar con la verdad. Aun cuando ni tú mismo la entiendas —es lo que se dice Demian por sus adentros, mientras se va separando de Isabella.
No puede continuar besándola y teniéndola entre sus brazos. Lo siguiente que podría terminar haciendo es tumbarla en el mobiliario y hacerle el amor hasta el amanecer.
No es su culpa; el camisón que lleva puesto no la está ayudando. Es tan ligero que puede ver cómo los dos botones de sus pechos comienzan a marcarse sobre este. Eso le indica que ella también está excitada; sin embargo, no puede ser imprudente, menos si la noticia que le dará no es la que quiera escuchar.
—Lo mejor será sentarnos —le dice casi como una súplica.
Puede sentir cómo su compañero comienza a despertar. No es un adolescente, pero es de carne y hueso y no siempre tiene control de sus reacciones.
—Claro —responde.
Isabella toma su mano y enseguida escucha un quejido casi imperceptible.
—¿Qué pasa? ¿Estás herido? —pregunta ella revisando las manos del príncipe. Enseguida ve sus nudillos lastimados. —Pero, ¿a qué le pegaste? Déjame buscar algo para… —Demian la detiene.
—No es nada, estoy bien —le comenta acariciando sus mejillas para tranquilizarla.
¿Cómo le explica que su frustración lo llevó a golpear la pared de la cabaña que ambos comparten?
La respuesta de él no la convence del todo; sin embargo, ella asiente y lo vuelve a guiar hacia un conjunto de muebles de estilo Imperio, caracterizado por su elegancia clásica y detalles ornamentales en madera tallada a mano. Como la pequeña sala es el espacio personal de la joven, todos los tonos de decorado son suaves y cálidos, nada ostentoso.
—Te he extrañado durante estos días —le confiesa una vez que se sientan.
—Yo también —habla con suavidad. —No sabes cuánto deseaba verte, pero parece que tú a mí no —le dice tratando de ir preparando su revelación.
Isabella reacciona y le da un leve golpe en su hombro.
—Tonto, sabes que sí lo hice. Te escribí tantas veces, pero no sabía si estabas en el palacio; en el periódico se habló del disturbio que hubo en Costa Brava. Me preocupé, pensé que estabas allá —comenta.
En su tono aún se puede percibir la preocupación que se apoderó de ella al pensar que estaría ahí.
La historia de encapuchados misteriosos contra piratas sanguinarios no era de sus favoritas. Isabella es muy perceptiva y se ha dado cuenta de que las misiones complicadas, las más riesgosas, son las que su suegro, el rey, suele darle a Demian. Quizás él no se dé cuenta, pero a la joven no le agrada la desconsideración y falta de sentido de protección paternal hacia su novio.
—No tienes por qué angustiarte —le dice acariciando sus mejillas. —Como ya te dije, estoy bien.
Antes de que ella pueda responderle, ambos son interrumpidos por la señora Smith, que les ha servido el té y algunos bocadillos. También quería aprovechar el momento para supervisar que todo esté bien.
Los dos le dan las gracias y de inmediato Isabella vierte el contenido en dos tazas. Primero sirve la de él y, por último, la de ella.
Demian toma la taza entre sus manos, da un sorbo; Isabella hace lo mismo. Sin embargo, esta se ha dado cuenta de que el príncipe ha cambiado de semblante. Asume que ya se le ha bajado la adrenalina que tenía por verla y ahora que está en calma, recuerda lo que tiene que decirle.
—¿No te gustó el té? —le pregunta, al ver cómo devuelve la taza a la mesa. —Es de hibisco; el doctor me lo recomendó.
—¿El doctor? —cuestiona, confundido. —¿Acaso estás enferma? —pregunta, preocupado.
Isabella también deja su taza en la mesa. Se voltea nuevamente a verlo y le brinda una sonrisa para calmarlo al ver su inquietud.
—Solo fue algo leve, he tenido mucho trabajo en el periódico escribiendo tantas notas —le miente sobre la causa real de su desmayo. El príncipe asiente un poco más relajado. —Sabes, he notado que de repente te pusiste muy pensativo. Tú solo cambias de un estado de ánimo a otro cuando estás a punto de estallar. Dime… —Hace una pausa. —¿Acaso vienes a hablarme de tu matrimonio?
Demian cierra los ojos con fuerza y tensa la mandíbula. Era su trabajo iniciar esa conversación, solo que no pudo.
Él respira profundo y, mirándola a los ojos fijamente, le dice:
—Lo siento, sé que desde que lo supe debí decírtelo, pero… no es tan fácil pronunciar esas palabras —le revela.
La joven percibe la sinceridad en cada palabra que pronuncia el príncipe. Pero si es sincera consigo misma, no entiende por qué tardar tanto tiempo para llegar a su puerta. ¿Qué tanto tenía que pensar? ¿Por qué tanta lucha interna? Y es donde ella recuerda un hecho importante.
—Llevas mucho tiempo en silencio. ¿No dirás nada? —habla Demian, sujetando sus manos.
—¿Por qué vienes hasta ahora? —le cuestiona con suspicacia. Él desvía la mirada. —Demian —llama, captando su atención. —Di lo que viniste a decir.
Le comenta con severidad mientras retira su mano. La joven se reprocha; se le olvidó todo lo que practicó con su espejo. Solo bastó verlo por unos segundos para correr a sus brazos.
Su padre le advirtió cuando recuperó el conocimiento aquel día. Le dijo que nadie iba a velar por sus sentimientos mejor que ella.
Es lo más sabio que ha dicho mi padre desde que tengo uso de razón —piensa Isabella, recordando cada detalle de esa conversación.
Demian empuña sus manos al sentir la ausencia de las de ella. Ya sabe que llegó el momento.
—No daré más largas —dice con seriedad. —Sabes lo que siento por ti. Solo tú y Esteban conocen cuál ha sido mi objetivo desde mi ceremonia como príncipe heredero. Yo… —Hace un breve silencio al sentir cómo su voz está a punto de quebrarse. Y es que estar frente a ella está siendo más duro de lo que imagino. Se siente como un traidor. Siente que está traicionando la historia de los dos. Aun así… —Tengo que ir a Catleya. Tengo que hacerlo.
Isabella se quedaba inmóvil, escuchó cada palabra que dijo y ninguna logró calmar su angustia. Ahora empeoró. Porque no solo conocerá a otra mujer, sino que también se casará con ella.
—Pero no es lo que piensas.
El príncipe vuelve a hablar, al observar que ella tiene la mirada perdida. Asume que está pensando lo peor. Intenta recuperar la calidez de sus manos, pero ella no se lo permite.
—No, tú no tienes idea de lo que estoy pensando, Demian —dice con voz rota. —Si la tuvieras, vendrías aquí con otro tipo de excusa.
La joven se esfuerza por regular su respiración para controlar las lágrimas que están en camino a ser derramadas.
El príncipe observa cómo los ojos grises de ella se cristalizan; está a punto de llorar. —¡Demonios! —se dice internamente. Se confió mucho, asumiendo que ella iba a entender su decisión.
—Solo necesito un poco de tiempo para buscar la información que necesito y volver.
Isabella suelta un resoplido.
—¿Cuánto tiempo sería eso, una semana, un mes, cinco años? Tú llevas dieciocho sin descubrir nada, ¿qué encontrarías en un lapso menor? —le suelta sin vacilar.
Él no sabe qué responderle; ella tiene razón. No obstante, algo en su pecho le dice que es lo que debe hacer.
—Tú ya lo decidiste y no quiero ser yo quien te impida descubrir lo que tanto deseas. Haz lo que tengas que hacer, pero, como podrás entender, no puedo ser tan comprensiva como quizás pensaste. —dice y esta vez sí comienzan a deslizarse por sus mejillas dos gotas cristalinas. Ella se levanta, limpia sus lágrimas y continúa: —No puedo ser la novia plebeya del príncipe que lo esperara en Vaelkaris, mientras él viaja a Catleya para confirmar su matrimonio con una princesa. Lo siento, esa no sería yo si lo acepto.
—Isa, … —Él intenta decir el diminutivo que usan cuando están solas para suavizarla, pero ella no se lo permite.
—Lo mejor será que te vayas. Yo… yo tengo que descansar —dice a punto del llanto.
—Está bien, te dejaré descansar. Pero escucha, aunque no lo veas así, también estoy luchando por lo nuestro y te lo demostraré —declara.
Demian intenta acercarse; sin embargo, ella retrocede. Solo le queda respirar profundo y esperar a que se calme. Confía en que ella pueda reflexionar sobre las condiciones de su decisión y le deje explicarse mejor.
Muy a su pesar, el príncipe abandona la residencia de los Cedric con la reacción a la cual él tanto temía. Ya no puede hacer nada, solo le queda avanzar y espera que en los próximos días, ella quiera verlo.
Entretanto, en la diminuta estancia, Isabella libera todo lo que había contenido desde que se percató de las intenciones de su amado. Su lado racional intenta empatizar con él, pero no logra; le resulta doloroso saber que él se marchará con otra.
—Mi niña —habla la señora Smith cuando la ve sentada en el piso llorando desconsoladamente.
Desde que vio el rostro atribulado del príncipe al salir de la propiedad, se apresuró a ir a buscarla. Sabía que este iba a ser el resultado. ¿Qué mujer soportaría ver al hombre que ama casarse con otra?
—Estarás bien, mi niña —le dice acunándola entre sus brazos.