Capítulo 8

1440 Palabras
Continuación… El ama de llaves queda perpleja al reconocer al personaje que tiene al frente. Cómo no saber quién es si lleva puesta su distintiva chaqueta negra con bordados dorados y botones hacia un lado. Su pantalón y botas son marrones y sus manos están cubiertas con guantes del mismo color de su chaqueta. No lleva una capa, aunque se lamentó, ya que con ella pudo haber cubierto su rostro mientras cabalgaba en las solitarias calles. —Oh, por Dios, su alteza, qué honor, disculpe mi atrevimiento. —Vuelve a hablar mientras hace una reverencia. Nadia abre los ojos a más no poder y de inmediato hace la misma acción. —No tiene por qué disculparse, señora Smith, yo soy el que está irrumpiendo su tranquilidad a estas horas. Pido una disculpa por ello —dice en tono honesto mientras hace un asentimiento de cabeza confirmando su sentir. —Sin embargo… —Continúa hablando. —Me tomo el atrevimiento de pedirle, si el señor Cederic acepta, hablar con Isabella. El joven lanza la solicitud esperando que sea correspondida. Siente opresión en el pecho, seguida de una sensación horrible de pérdida. No puede identificar la causa, aún no ha perdido a su amada, por lo tanto: ¿por qué dicho sentimiento? —Oh, alteza, el señor no está, salió temprano a unos compromisos de negocios —informa apenada. —Nadia, ya puedes retirarte a tu habitación. La joven asiente y se retira. El ama de llaves se acerca hacia el marco de la puerta donde aún se encuentra el príncipe y continúa sus palabras: —Tengo la autorización para tomar decisiones en la casa y más si se trata de la seguridad de la señorita. No obstante, y debo ser sincera, alteza, hablar con ella a esta hora de la noche no parece lo apropiado, más cuando andan tantos rumores por ahí. Exhorta, esperando que sus palabras no sean interpretadas como irrespetuosas. Pero ha escuchado lo que se dice sobre Isabella, aunque los rumores no son tan insistentes, ya que el príncipe y ella han podido mantener su relación bajo perfil; esto no deja de representar una posible mancha para el futuro de la joven. Demian respira profundo, comprende las palabras del ama de llaves; aun así, no puede pasar otro día con esta angustia. Por lo que él ha decidido persuadirla. —Comprendo, créame, lo menos que quiero es ser inoportuno —empieza a decir el príncipe, tratando de ser reflexivo y empático ante la duda del ama de llaves. —Yo estoy dispuesto a acatar cualquier decisión de usted en este momento; sin embargo, me temo que debo insistir con la petición ya mencionada. Usted podría ser nuestra chaperona Le sugiere ya más relajado, esperando que ella también pueda bajar sus defensas. La señora Smith lo observa con detenimiento; más allá de todo lo que representa, se nota su educación. Él tiene todo el poder para imponer su autoridad e irrumpir en la casa si es lo que desea. ¿Cuántos príncipes a lo largo de la historia no lo han hecho? Pero Demian parece ser un buen muchacho. Uno que está librando una batalla interna que le cuesta creer que podrá ganar sin que alguien salga lastimado. La ama de llaves suelta un resoplido, sabe que muchos saldrán perdiendo, sobre todo su niña. —Es grato saber que nuestro futuro rey es un hombre con tal educación y sentido común —le dice sincera. —Solo espero que tenga presente que no importa cuáles sean las decisiones que tome ahora o en el futuro, siempre traerán repercusiones, por lo que debe tener pendiente que o a quiénes arrastra en ellas. Y me disculpa mi intrépido atrevimiento, su alteza —comenta y realiza un asentimiento de cabeza. La señora Smith no quiere asumir un papel que no le corresponde, no es la abuelita consentidora y protectora de Isabella; aun así, no puede echar a un lado los sentimientos que tiene por la joven y no intentar cuidar de ella cuando siente que es lo necesario. —Lo tengo muy pendiente, señora Smith —responde sin abundar más. Demian, a pesar de disimularlo muy bien, no puede evitar sentir incomodidad. Le enseñaron que nadie está por encima de él, solo su padre lo está; después, todos los demás son sus súbditos, quienes deben obedecerles sin más. Aunque le gustaría que lo vieran como un monarca cercano al pueblo, tampoco dejará que estos se tomen atribuciones que no le competen. Aún hay leyes que puede utilizar para realizar decretos que le permitirían sacar a Isabella de su casa y mantenerla en cautiverio lejos de su familia. Sin embargo, odiaría llegar a esos extremos. —Bien, pase, alteza, pueden hablar en la pequeña sala, será más acogedor para los dos. —Venga, yo lo guiaré —le dice, una vez que nota cómo el príncipe tensa los labios. La mente incomodarlo; ese no era su objetivo. Por su parte, Demian se limita a asentir como agradecimiento para luego caminar detrás de ella, mientras lo guía por un corto pasillo. Nunca había entrado en la casa de Isabella, así que trata de dejar a un lado la neblina que se instaló en su mente después de la sugerencia del ama de llaves. Él intenta despejar su cabeza mientras camina por un corto pasillo; en cuestión de segundos llegan a la sala. La mujer mayor le muestra el lugar, y ahí se percata de por qué sugirió el lugar. Todo grita Isabella, es acogedor, los tonos de la pared son los mismos de la cabaña donde ambos se escapan. Hay estantes repletos de libros que solo leería ella: romance, historia, fantasía, todo un mundo donde ella se deja envolver. El príncipe también se percata de cómo en una esquina de la salita se encuentra un escritorio, minuciosamente ordenado. Del lado derecho están la tinta y la pluma; en el otro extremo hay papel debidamente ordenado, según Isabella, del color blanco más intenso al más opaco. Para él todos son del mismo color y eso es lo que vuelve a la hermosa rubia un ser especial. De solo pensar en sus ocurrencias, una radiante sonrisa brota de sus labios sin que la pueda detener. —Tome asiento, su alteza. —Iré por la señorita —vuelve a hablar el ama de llaves. Demian asiente y toma asiento. Desde los dieciocho, Demian ha estado en el campo de batalla. Nunca ha sentido miedo. No obstante, estaría mintiendo si en estos instantes no siente temor. Por primera vez, una respuesta tan natural como son los nervios. Esa inquietud que, de no saber controlarla, podría robarte la calma. Él no tiene idea de cuál será su primera oración cuando la vea. Sus manos sudan y de repente siente calor. En pleno invierno, en plena ventisca. Él siente que se consume por dentro. —Entonces sí eras tú. Habla Isabella con voz suave y aterciopelada. Demian gira y se topa con la imagen más hermosa que ha podido ver. Ella en un camisón de mangas largas estilo obispo, de algodón fino y en tono marfil. La prenda cubre la tersa piel de la joven con una caída natural y suave. Su cabellera dorada se desplaza sobre sus hombros y su semblante se percibe majestuoso como nunca antes. Él no tiene dudas de que ella es el epítome de la belleza pura. —¿No me dirás nada? ¿Te quedarás allí parado en silencio? —cuestiona muy sonriente mientras camina hacia él. Estaba molesta, irritada, llena de resentimientos cuando se enteró de la propuesta. Su enojo radica en el hecho de que no se lo comentó el mismo día en que se vieron y porque ha tardado una semana en ir a hablar con ella. ¡Vaya que sí estaba molesta! Tenía todo un discurso para reprocharle, pero ahora que lo ve, parado frente a ella. Desaliñado, agotado, lleno de temor. Ahí se percata de que para él debe ser aún más difícil tomar una decisión. Isabella no dice nada, solo se acerca lo suficiente para unir sus labios con los de él. Ambos lo necesitaban, necesitaban sentirse y recordar que aún se pertenecen. Es un beso cálido, suave. Va más allá de la pasión. También libera emociones como la incertidumbre, duda y hasta vacilación. —Hola —dice él cuando se separa de los labios de ella. —Hola, mi amor —responde ella. —Necesitamos hablar —susurra mientras apoya su frente contra la de ella. —Lo sé —responde con suavidad mientras sus ojos se mantienen cerrados, envolviéndose en el cálido abrazo de él. Continuará…
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