Habían pasado tres noches desde que Dorian le contó todo lo que le había sucedido. Y aun ahora, días después, no podía evitar preguntarse si todavía había más que no había querido contarle. Laila estaba loca. No había otra forma de describirla. Para que ella hubiera hecho —o hecho que alguien más le hiciera— a Dorian lo que él le había contado, tendría que estar loca. O profundamente perturbada, como mínimo. No había creído que alguien, humano o vampiro, fuera capaz de sobrevivir horas —días— de tortura constante como la que él había sufrido. Las lágrimas habían llenado sus ojos, y había sentido tal náusea en el estómago mientras él hablaba, que había estado desesperada por decirle que parara. Que no quería escuchar más. Pero no lo había hecho, porque era importante que lo supiera. E

