— ¿Listo? —pregunto cuando escucho la puerta del baño abrirse. Volteo para ver a un Michael muy sonrojado, que sale con una toalla envuelta en su cintura y camina pasando de mí y hacia la cama a una velocidad increíble. La cortina sobre el vidrio repartido que separa la cama del resto de la habitación se cierra y no puedo soportar la risa. — ¿no que no querías que pasáramos de lo inocente? —pregunto cuando siento que puedo controlar mejor mi voz. — No lo hice a propósito… — No lo sé, a veces creo que fue una señal del destino y debo saltarte encima. — Solo, olvidé mi ropa. No estoy acostumbrado a bañarme cuando hay alguien en la casa. — De acuerdo… lo dejaré pasar esta vez. Pero solo porque tu reacción me causó mucha ternura y porque acabas de admitir que

