Paso por un a enorme panadería, compro unos croissants rellenos con crema pastelera, un café y un batido de Starbucks y me subo a un taxi. La caminata hasta la casa de Michael me llevaría solo quince minutos, pero su café llegaría tibio para entonces, y ya sería demasiado tarde para desayunar. Debo apresurarme. Recuerdo que siempre tomaba café n***o, sin importar si hacía calor afuera o no, espero que, al menos esto no haya cambiado. Sería un fiasco si llegara y él anunciase su abstinencia a la cafeína. En menos de cinco minutos estoy golpeando a su puerta, y la cara de dormido que carga me enternece. Quiero abrazarlo y morder sus mejillas sonrojadas por el sueño. Tal vez, llevarlo a la cama y acurrucarme con él hasta que vuelva a caer dormido en mis brazos. Sus ojos se abren un poco s

