—Me encantas tanto — confesé, levantando su camisa y suspirando con el calor que emana de su piel. Qué agradable se siente tocarlo. Su piel es tan suave, está tan hidratada y huele bien. Tomé la iniciativa y el control, ayudándole a quitar la camisa; luego me quité la mía. Froté mi mejilla en su firme y suave pecho, sin dejar de apretar sus fibrosos brazos. Me dejaba llevar por sus jadeos para continuar mi recorrido por sus pectorales, entre besos húmedos y caricias. Se oía tan sensual. Muchas veces lo imaginé, fantaseaba con este momento, pero no me acerqué ni un poco. Es demasiado sexi. Poco a poco fui bajando por cada rueda de su abdomen, sin perder el ritmo, hasta que algo tocó mi mentón. El monte Everest se quedaba corto con lo que estaba presenciando. Cuando descubrí lo que s

