—Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa—observó la novia tomando en serio los consejos de su amiga. —Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida. —¡Vendida!... ¡Ah!...—exclamó Fortunata con nuevo terror—. Mira tú por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona, muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido. —Eso... y viva el caraiter. Tú mira bien lo que te digo: siempre y cuando quieras ser honrada, serlo; pero dejarte de casar, ¡dejar de casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma. Fortunata parecía recobr

