Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando no tenía más remedio. Temía no comer con bastante finura y revelar demasiado su escasa educación. El temor de parecer ordinaria era causa de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser pronunciadas. Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía de decir. A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía bien. El pobrecito quería engañarse a sí mismo, haciéndose el valiente; mas al fin se entregó. «Tú tienes jaqueca» le dijo su tía. «Sí que la tengo—replicó él c

