Nuestras orbes se conectaron como si no hubiera nadie más a nuestro alrededor mientras mi respiración se hizo más pesada. Mi pecho subía y bajaba con cada inhalación a la vez que un silencio breve nos envolvió. Dios mío, lo echaría de menos. Lo echaría tanto de menos. Mis ojos lagrimearon mientras él volvía a mencionar mi nombre como si yo no fuera otra cosa que una aparición. Un producto de su imaginación. —Aeschylus —gemí yo y fue imposible para mí no ponerme en puntillas y pasar mis brazos sobre su cuello para abrazarlo con fuerza. Si había algo que sabía en estos momentos era que no quería dejarlo ir por ningún motivo. Su aroma masculino me dio la bienvenida al mismo tiempo que una solitaria lágrima que había escapado de mis ojos hacía acto de aparición cayendo por mi mejilla.

