Miltiades estaba ahí. Lleno de cicatrices y sangre vieja cubriendo su cuerpo. Mis ojos automáticamente se llenaron de lágrimas de dolor y ni siquiera lo oculté frente a mi padre. De hecho corrí al encuentro del hombre que había sido más un padre para mí que él mismo. Obviamente la cerda nos separaba pero yo me pegué a esta lo más que pude e introduje mi mano lo más que pude intentando tocarlo sin embargo no llegué a hacerlo por lo que opté por llamarlo. —Miltiades —pronuncié con voz rota y el corazón acelerado a más no poder. Rápidamente sentí la presencia de mi padre detrás de mí pero ni siquiera me giré a mirarlo. No tenía caso hacerlo. Además no sabía cuánto tiempo me dejaría estar aquí. Miltiades al escuchar mi voz me buscó con su mirada solo que pude contemplar que las heridas

