Brand podía ver cómo iban cumpliéndose sus órdenes. Flexionó la mano alrededor de la empañadura de la espada, afianzando su presa. Era como si parte de su razón perviviera aún, clara como el hielo y remota, a salvo de la enloquecida desesperación que se había apoderado de su cuerpo. Esa parte de su cerebro podía discernir la pauta de los movimientos, aparentemente fortuitos, de la multitud sedienta de sangre que les rodeaba, entre las que iban tomando posiciones sus hombres. Y los pictos. Incluso Cunan, que se hallaba ahora muy cerca de Maol. Peligrosamente cerca. Los remordimientos por un plan fracasado. ¡Cuán familiar le resultaba aquello! Nada de aquello podría repararse. Nunca. A menos que Alina quedara a salvo. Arremetió de nuevo, obligando a Goadel a retirarse; vio cómo la cólera c

