Observaba a Duda y, sin darse cuenta, también a Alina.
La vida te obligaba a ser paciente.
>. Algo cambió en el aire. Brand ni siquiera miró las densas sombras de los árboles. Pero se dio cuenta.
Iba a ocurrir. En ese instante. Tras dos días de viajes sin contratiempos. Mientras se hallaban aún en Mercía, adentrándose en la estrecha franja de tierra que quedaba entre los altos cerros del oeste y los páramos de la Costa Oriental.
Le parecía tan claro que no entendía que los demás estuvieran tan despreocupados. El aire palpitaba, cargado de presagios. La trama del destino. Observó a Alina y a Cunan más atentamente. Sus rostros no reflejaban nada.
Ni los de sus hombres.
Sin embargo, el peligro estaba allí. Su sangre palpitaba.Dentro de él ardía el impulso de encarar el peligro de frente y doblegarlo.
La feroz alegría del riesgo lo atraía, le hablaba con voz de sirena, apelando al vacío que sentía dentro de sí, a esa parte que buscaba el peligro antes de que llegara.Porque la vida no ofrecía nada más, y menos aún certezas. Pero Brand nunca a cedía del todo a aquella atracción.La usaba sólo para aplacar el vacío,pero debía controlar su poder.
Aquel impulso no podía apoderarse de él. Si lo hacía,le arrebataría todo lo que tenía y sería peor que la muerte.
Sus hombres sabían qué hacer. Él se había asegurado de ello.
Se lo dijo a Duda con un destello de lo que los ojos, y advirtió en respuesta un centelleo de irritación. Esbozó una sonrisa audaz. Darse cuenta antes que Duda valía una bolsa llena de plata.
Duda se valía del instinto de un cazador, más afinado que el de la mayoría de los hombres. Pero el conocimiento de Brand había surgido de otra parte. De algo que no había reconocido hasta el momento en que cobró conciencia, sin aparente razón, de que su hermano estaba aún vivo.
Su montura se encabritó Brand la calmó con una mano.
Athelwulf le había dicho que lo ocurrido era el wyrd. El destino. Athelwulf, que se movía únicamente en el terreno del intelecto.
La trama del destino, que se desenvolvía.
>
Brand no miró el vestido verde que se había abierto bajos sus manos, ni su suave velo, ni su suegra cabellera.
Mantuvo los ojos fijos hacia delante.
Duda se acercó a Cunan. El hombre que portaba el escudo sobre el hombro se aproximó a Alina. Lo que sorprendió a Brand fue le súbito deseo que se apoderó de él de apartar a aquel hombre y colocarse él mismo junto a la princesa de Craig Phádraig.
>.
Como siempre, ella tenía razón.
Era él quien corría peligro, no ella, y su proximidad sólo podía suponer una amenaza para Alina.
Brand obligó a su montura a retroceder, a aminorar el paso y a refrenar su impaciencia. Se inclinó ligeramente en la silla como si estuviera cansado y la herida le molestara.
Contuvo el impulso de luchar, de tomar la iniciativa de defenderse. Hasta de moverse. Se quedó quieto, inmóvil al sol, donde pudieran verlo, con la mirada fija hacía delante, de donde no vendría la amenaza.
No ocurrió nada. Mientras, Brand esperaba. Su mente lo sentía. El aguijón del hierro endurecido por el fuego penetrando en su cuerpo, rompiendo músculo y hueso.
Fue Duda quien tomó la iniciativa, girando la cabeza para mirarlo. Brand maldijo para sus adentros. Pero ella no lo miró. Tenía la mirada fija en el camino, la espalda rígida. Pero sentía la presencia de Brand. Él lo sabía, a pesar de que no el más leve indicio de ello.
Brand fijó a los ojos en Duda; el sentido de su mirada era inconfundible:>.Ignoraba qué se reflejaba en su semblante, pero la mano sucia de Duda hizo la señal de la cruz y, más furtivamente, una señal contra el encantamiento.
A Brand le palpitaba la sangre. El riesgo le aguijoneaba. Su fuerza era tal que lo arrasaba todo: la razón, el sentido y el poder de controlar el pensamiento.
Si él lo permitía.
Duda apartó la mirada.
Brand deseó de pronto saber si tenía razón. Deseó que Duda llevara el peto de cuero remendado que olía a caballo y a sudor acumulado durante años. Deseó poder agarrar a la suerte por el pescuezo y asegurar la vida de todos sus hombres, de cada hombre que alguna vez le jurara fidelidad.
Deseó poder saldar todas las deudas que acompañaban al honor. Deseó poder creer en el porvenir.
>
Hizo virar un poco al caballo. No había cabida para el más mínimo error. Demasiadas deudas. Con la rodilla guió al inquieto caballo, manteniendo flojas las riendas.
Aquel movimiento dejó al descubierto su espalda. Era el blanco perfecto. Ahora. En el claro, con el sol pegando sobre él, proyectando su sombra hacia delante.
Brand no supo al oyó o sintió una leve agitación del aire inmóvil. Giró el cuerpo, confiando en que la flecha golpeara oblicuamente, que los eslabones de metal fueran protección suficiente. Que no le dejaran incapacitado.
Vio incluso durante aquella fracción de segundo que Duda ya se apartaba, que el otro hombre, aquél en el que debía confiar, se había lanzado, escudo en mano, sobre Alina.
Lo último que vio antes de caer fue la sorpresa en el rostro de Cunan.
El impacto le dejó aturdido. Era afilado como un cuchillo, más intenso de lo que esperaba. Pero podía soportarlo.
Se deslizó hacia delante, sobre el cuello del caballo, agarrándose con muslos y rodillas hasta que se le agarrotaron los músculos. Se obligó a soltar las riendas. Sintió cómo se estremecían los músculos del animal bajo su cuerpo.
Pero el caballo estaba bien entrenado. Brand refrenó la caída, intentó controlar el impulso del caballo de echar a correr tras los otros, que pasaron a su lado con un ruido ensordecedor. Susurró los hombres de los santos de Nortumbria al oído del caballo mientras veía golpear los cascos sobre la tierra con vertiginosa rapidez.
Añadió una plegaria más a toda la panoplia de los santos de los anglos para que se encontraran algo.
La segunda flecha no había causado ningún daño.
Brand se obligó a esperar hasta que se perdieron de vista.
Alina dio un grito.
Brand se giró y cayó al suelo en equilibrio, sin apenas sentir la sacudida de dolor que le recorrió la espalda. Alina estaba luchando con el hombre al que Brand había encargado a vigilarla con la misma determinación con que había luchado con él en el convento. Con la ira de la batalla.
Como el eco de la fuerza que se agitaba dentro de él. Una fuerza que no tenía en cuenta nada fuera de sí misma.
-Basta ya.
Ellos lo vieron. Alina se quedó paralizada. Su rostro se volvió del color del yeso. Eadric, el hombre, tenía al rostro desencajado. Le estaba agarrando los brazos.
-Suéltala.
No tenía sentido retenerla. Alina no podía alcanzar a los hombres de Goadel. Había perdido su oportunidad, detenida por el hombre al que Brand había enviado a salvarle el pellejo.
Además, no podía moverse. Brand se dio cuenta. Aquel fiero arrebato de energía la había abandonado al comprender que el momento había pasado.
Pero en él palpitaba todavía aquella terrible energía.
Alina permaneció inmóvil, como si fuera de fina piedra blanca; el sol realzaba sus bellos rasgos; tenía la cabeza ladeada ganas de romper algo. O de estrangularla. O de acabar lo que habían empezado, pese a lo que ella deseara.
Parecía tan frágil como un cristal.
Brand pensó que el n***o cansancio que sentía iba a matarlo.
Eadric seguía agarrando los brazos de Alina con sus manos manchadas de hierba como creyera que iba a romperse. Sus ojos transparentes brillaban, llenos de energía.
-He dicho que la sueltes.
Algo en su voz hizo que Eadric cayera instantáneamente de rodillas, con la cabeza agachada.
-Señor, no pretendía hacer nada malo, pero, si se lo he hecho, podéis castigarme como deseéis.
El muchacho tenía apenas veinte inviernos y el corazón virgen. Su rostro se había vuelto del color de las cenizas. La ira y la culpa se volvieron hacía dentro, a su lugar, familiares como su propia piel.
-No, no has hecho nada malo. Estoy en deuda contigo por salvar el…->-. Por salvarle la vida,
Le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. Eadric alzó la mirada hacia a él al darle la mano, y Brand vio que su mirada atemorizada se había convertido en la única cosa que Brand no podía afrontar, la lealtad que ya no merecía.
-No quería hacerle daño a la señora-dijo precipitadamente el muchacho- Pero me encargasteis que velara por ella y ella quería ir con vos y yo sabía, vos me lo dijisteis, que erais vos quien estaba en peligro y que nosotros… ¿Señor?
La mano de Brand se había quedado paralizada como una roca cubierta de hielo.
-Es cierto- dijo a su espalda la voz cantarina de Craig Phádraig con nerviosismo-. No ha sido culpa suya, sino mía. Pensé que estabas… Pensé que te habían matado.
A Brand se le nubló la vista. Por un instante, la oscuridad lo atravesó con misterioso fuego, como algo perteneciente a otro tiempo. Sintió una extraña frialdad a su alrededor, tirando de él. Y la voz de Alina gritando.
No llegó a caerse. Sólo fue un instante, y recuperó el dominio sobre sí mismo.
-Señor, dejadme ayudaros-era Eadric, su semblante transparente crispado por la angustia.
-No…
-Por favor,
Alina. Sus ojos negros eran como estanques de noche en medio de su blanco rostro. Brand no podía mirarla.
-No. Dejadme. Limitaos a romper el palo de la flecha.
El dolor era llevadero. La herida no era seria, pero si quitaban la punta de la flecha saldría sangre. Brand ignoraba cuánta y no había tiempo para eso. Oía los cascos retumbado en la tierra. Sus hombres regresaban.
-Señora, yo lo hago.
Eadric se puso tras él. Brand sintió que su carne se desgarraba un instante cuando tiró la flecha. Luego, nada. Dejó que Eadric se ocupara de Alina. No podía mirarla a la cara por medio a lo que podía ver. Por lo que podía llegar a creer.
Se adelantó para recibir a sus hombres.
No habían tenido suerte. Dos cadáveres; uno había muerto en el combate, y al otro lo habían hecho prisionero.
-Entonces, ¿por qué…? – fue Cunan quien habló.
Brand le había permitido asistir a sus conversaciones porque deseaba observar sus reacciones.
Se oyó un arrastrar de pies antes de que alguien contestara.
-El prisionero se ha quitado la vida. No nos dio tiempo a impedírselo.
Brand miró los rostros de sus hombres y posó luego la mirada en el segundo cadáver. Conocía a aquel hombre.
Lo había visto con Goadel. Era un nortumbrio. No un mercenario. Tenía mujer y dos hijos que llorarían por él.
-¿Por qué?
Brand lo sabía muy bien, aunque era posible que Cunan no. Si es que aquella expresión de sorpresa al iniciarse el ataque no habían sido figuraciones suyas.
-Señor, dijo que ni siquiera el rey Cenred podría protegerle a Goadel se enteraba de que lo habíamos hecho prisionero. Dijo que prefería morir rápidamente. Dijo que al último hombre. Al último que dejó a Goadel, lo… lo atraparon y lo mantuvieron vivo tres días. Todos oyeron los gritos y vieron lo que…
El hombre se interrumpió y Brand dejó que el silencio se prolongara. Cunan lo rompió soltando un bufido desdeñoso.
-Esos son cuentos para asustar a los niños, no a guerreros. ¿Quién dice que no habéis matado vosotros a este hombre?
-No – Brand detuvo el movimiento de media docena de dagas con un simple gesto. No tenía sentido hacerle daño a Cunan. Y, además, él lo había visto: el leve destello de incertidumbre, una expresión de desagrado en los ojos incisivos, semejantes a los de un lobo.
Dejó que sus hombres contaran el resto de la historia. No necesitaba embellecimientos. Y tenía lo que quería. Goadel pensaría que estaba herido. Creería haber conseguido lo que tanto ansiaba. Tiempo. Cunan era el único que podía decirle lo contrario.
Brand se resistía a pensar en Alina.