Capítulo 25

801 Palabras
Eran unos necios. Había conseguido su objetivo con magistral silencio. Se había abierto paso entre los árboles con un sigilo que ni siquiera el despreciable campesino sajón que habían enviado para vigilarlo habría sido capaz de igualar. Y los había encontrado. El sol poniente le mostró al nortumbrio. Estaba de pie. La empañadura curva del cuchillo se clavó en la palma de su mano.Pero temblaba tanto que no logró desenvainar la daga. Y entonces se dio cuenta de que el nortumbrio estaba medio desnudo. Los últimos rayos de sol resaltaban la blancura del vendaje que le cubría la herida del brazo.  Cunan relajó la mano con esfuerzo.La chica ni siquiera estaba cerca de él. Ya habría tiempo de vérselas con aquella perdida cuando cruzaran la frontera de Nortumbria. Ella estaba sentada en la hierba, con su vestido verde de montar. Estaba completamente vestida, pero tenía el pelo suelto, expuesto impúdicamente a la mirada del nortumbrio. Se removió entre las sombras.Por un instante, a Cunan le cegó la rabia al pensar que se estaba ajustando la ropa.Pero entonces ella se dio la vuelta y él vio que debía de haber estado rellenando las alforjas de las medicinas. Se obligó a tomara aire. Su hermana no miraba al nortumbrio. en realidad, parecía evitar mirarlo. Cunan dejó escapar el aliento. Alina no era como su madre, carecía de esa frialdad intangible que escondía secretas desvergüenzas. Era frágil, sí, y estúpida, y necesitaba un escarmiento después  de lo que había hecho. Pero ya se encargaría alguien de eso. Pronto. Alguien que estaba en su derecho. Y, esta vez, ella le sería fiel a su linaje . Cunan lo sabía. Ella levantó la mirada como si hubiera percibido su presencia, mientras aquella certeza cobraba forma en la cabeza de Cunan. Su mirada pareció pasar sobre él y luego se dejó. Cunan siguió su mirada. El nortumbrio se estaba poniendo la camisa. Una cosa de lo más corriente. Pero, mientras la tela se deslizaba sobre la piel del otro. Cunan vio lo que reflejaban los ojos de su hermana. Alina se quedó mirando las brasas mortecinas del fuego y las sombras agazapadas que, más allá, formaban los hombres dormidos: Cunan, Duda, el resto de los compañeros de Brand. Ella dormía un poco apartada. Cerca de Brand. Aquello podía haber parecido un signo de posesión, una señal del vínculo que los unía. Para cualquiera que ignorara lo ocurrido entre ellos. Alina se acurrucó un poco más, y el frío y el aislamiento la envolvieron, tan familiares para ella como su propia piel, e igual de ineludibles. El hecho de que Brand estuviera allí, al alcance de su mano, sólo hacía más intensa su soledad.No podía sentir su calor. Cerró los ojos y se estremeció. Pero no a causa del frío, sino de lo que había hecho con él. Y de lo que no había hecho. De lo que no podía hacer y de lo que deseaba. Y no deseaba. Aquellos pensamientos la matarían en medio de la oscuridad susurrante. Eran una locura. Brand, aquel ser temible y mortalmente bello que yacía a su lado, no le pertenecía. el cuerpo fiero y ágil, la mente incisiva y franca, al ardor, la ira y la aterradora ternura no eran para ella. si pertenecían a algo, era el recuerdo, la imagen de una mujer que ya no era ella, que en realidad nunca había sido ella. al cabo de cuatro cinco o días, todo habría acabado, y aquella cercanía forzosa ya no sería tal. Ella estaría en Bamburg y el rey Cenred la mandaría a Craig Phádraig. Si tenía suerte. Brand ocuparía el lugar que le correspondía, junto a su rey, respaldo por sus tierras y sus riquezas, sobre las que ya no pesaba amenaza alguna. Tendría paz. Eso valía más que el oro. Quizá más que el amor. Ciertamente, más que la horrible clase de amor que ella podía ofrecerle. Él había dicho que el pasado había muerto. Y así era. Su cuerpo se estremecía por él. Duda había perdido su justillo de cuero. Brand observaba cómo se removían sus harpados. Sofocó el impulso de ponerse a buscar él también, por si alguien lo veía. De momento, sus hombres no habían logrado atrapar a los espías de Goadel. Sólo habían oído retazos de palabras en la oscuridad. Brand ignoraba si significaban lo que creía.Pero era todo lo que tenía, la única vez que alguien había logrado acercarse a los hombres de Goadel. Aquella incertidumbre amenazaba con volverlo loco. No estaba hecho para aquello. El caballo se removió, respondiendo a la tensión inconsciente de su cuerpo. Brand no tenía paciencia. Acarició al caballo, deslizó una mano sobre su grueso cuello, sobre sus músculos estremecidos. Era como luchar consigo mismo, contra el impulso de liberar la energía refrenada lanzándose a la acción.
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