Ella le tenía miedo, más allá de la fuerza del deseo o del poder de lo que antaño habían compartido. Más allá de la redención.
Brand se tumbó de espaldas sobre la hierba, poniendo entre ellos la frescura de la distancia. Un vacío llenó el aire vivido y ardiente que ella había ocupado, gélido y muerto como un erial. La brisa del atardecer rozó su piel cubierta de sudor, fría como la muerte, como si el aliento del invierno hubiera llegado en un momento.
No, no era el aire, la muerte estaba dentro de él. Se quedó mirando el firmamento, pero sus ojos estaban ciegos. Intentó recobrar el aliento, y el sonido áspero de la respiración de Alina le hizo volverse.
Ella yacía a su lado, contemplando el cielo. Tenía la ropa arrugada y levantada, de modo que Brand podía vislumbrar su camisa blanca y la final piel, de delicada estructura ósea, expuesta al aire frío. Era él quien le había hecho aquello.
Alina tenía los puños cerrados junto a los costados y los nudillos blancos; sus dedos se crispaban sobre la densa hierba estival y sobre los tallos de una mata llena de flores, de la que tiraban suavemente. Se estremeció. Su cuerpo entero parecía presa de la necesidad de respirar de nuevo.
A través del vacío que sentía por dentro, se agitaba el deseo de protegerla, un deseo que había sido tan fuerte que se había impuesto a todo, a la razón, al deber y al honor.
El honor…Brand ignoraba cómo había conseguido ella pronunciar esa palabra mientras yacía en su cama, en el monasterio. El honor ya no existía. Para ninguno de ellos.
Brand miró cómo se retorcían sus dedos por entre la mata de largos tallos. Era verbena, la planta de un sinfín de fábulas. Podía ver las flores lilas. Los dedos de Alina se deslizaban, los nudillos blancos, irregulares, deformados, sus fuerzas.
Brand no sabía cómo se había hecho aquello.
Resultaba imposible sofocar la rabia que le había sostenido durante tanto tiempo. Lo mismo que era imposible recuperar el honor pedido. Imposible para cualquiera que viviera conforme a sus reglas.
Si uno lo admitía…
-Alina.
Ella no lo miró a él, sino a la planta que acariciaba.
Si uno admitía la verdad que no quería ver…
Brand observó la cabeza girada y el cuerpo desnutrido de la mujer a la que no había logrado proteger.
Se sentó.
Había que afrontar las cosas tal y como eran. No como quería que fueran.
Alina debía saber que no tenía por qué dentro temerlo.
Brand tomó aliento. Por su límpido filo hablaba del norte, de su hogar. Lindwood. Brand cerró su mente contra aquellas ruinas ennegrecidas. Aún no.
-Alina.
Ella dio un respingo.
El aire frío se posó sobre la piel de Brand. No era tan frío como la culpa.
-Alina, mírame.
Ella giró la cabeza. Pero no antes de que Brand notara que luchaba por recuperar el dominio de sí misma. Le pareció lo más amargo que había visto nunca.
-Lo siento-dijo ella.
-¿Qué?
-Lo siento –repitió Alina-.Todo…todo esto-su mano deforme dibujó un ademán impotente que pareció abarcar el mundo entero. La suma de todas las cosas que él no comprendía sobre ella ni sobre sus actos.
La clase de comprensión que deseaba estaba muy lejos de su alcance. Pero ello no alteraba lo que tenía que decir.
-Alina, lo que ha pasado no es culpa tuya, sino mía.
Me he equivocado. No- la detuvo cuando ella se disponía a hablar-. Es un error pensar que el pasado tiene algún poder sobre el presente, que…que aún hay algo que nos une. Se acabó. El pasado está muerto.
-Muerto- la voz de Alina sonó como un hilo finísimo.
-Sí. El pasado ha muerto entre nosotros- repitió él, como si entonara un ensalmo que tuviera el poder de poner fin a lo que él no podía concluir-. Todo lo que pasó está enterrado. No volveré a seguir ese camino, ni te cargaré con su peso infinito.
-Muerto.
Alina arrancó las pequeñas y pálidas flores en agraz. Uno de sus dedos deformes tiró en vano de un grueso tallo, pero no logró romperlo. La mano de Brand cubrió la suya antes de que ella se hiciera daño. Fue un gesto impulsivo y audaz. Pero, en lo que a ella concernía. Brand se dejaba llevar siempre por los impulsos, por la necesidad de actuar con una velocidad que no negaba la razón, sino que simplemente la aventajaba.
Sintió una sacudida de dolor en el brazo herido y la mano de Alina se tensó bajo la suya. Tal vez que no quisiera padecer ni siquiera aquel contacto. Pero él sabía lo que había que hacer. Si no, Alina se haría daño.
-Suelta ese tallo. No puedes romperlo.
-No- ella se quedó mirando la planta aplastada y su mano-. No quiero soltarlo- siguió con los ojos fijos en el tallo leñoso y en las flores aplastadas, como si aquellas cosas fueran su único anclaje a la tierra.
-Entonces, estate quieta- dijo Brand con voz firme. Como si le hablara a un potro salvaje. La mano de Alina dejó de moverse bajo la suya-. Así está mejor. Estate quieta- abrió la mano cuando se convenció de que Alina no iba a moverse-. Yo…
Alina soltó la planta y agarró su mano, pero no lo miró. Sus dedos se enredaron entre los de él, torpes y nerviosos, como los de un ciego que se orientara por el tacto.
Él miró sus dedos, asombrado, y comprendió entonces por qué le tocaba ella. Estaba muy sola; su único pariente allí era Cunan, aquella alimaña, y Alina tenía que tomar una decisión peligrosa. Naturalmente, si tenía oportunidad, Cunan decidiría por ella. Pero Cunan sólo pensaba en su propio provecho, no en el de Alina. ¿Se daba cuenta ella de que su hermano estaba dispuesto a traicionarla?
Cunan quería llevársela a Goadel. Y lo haría mediante la astucia o por la fuerza, si podía.
Brand se quedó mirando el cuerpo semidesnudo de Alina, la fina mano que se aferraba a la suya. Para Cunan, el consentimiento de Alina era innecesario; sus decisiones, irrelevantes.
Ella decía que había elegido salvarle la vida a Modan.
Y debía aferrarse a aquella idea, porque había decidido advertirle que su espía andaba cerca. Al parecer, en eso era sincera.
Todo sería mucho más sencillo si era sincera.
Brand se oyó, como un experto cazador.Pero le pareció que esa voz no era el espía de Goadel quien esperaba la ocasión de abalanzarse sobre él cuando estuviera desprevenido.
No había duda de quién era. Brand se estaba ya moviendo velozmente, con aparente despreocupación, cuando las dos partes de su mente le preocuparon otra certeza.
Alina no lo sabía.