Después de la última pelea con Mayra, todo siguió igual. Natalia continuaba atormentándome. Buscaba constantemente generar conflictos, me provocaba, manipulaba a mi hijo mayor en mi contra, y yo, como el hombre idiota que soy, siempre reaccionaba tal como ella lo esperaba.
Mayra se molestaba conmigo. Me advertía sobre las intenciones de la madre de mis hijos, me señalaba lo evidente, y aun así, yo no la escuchaba. Sabía que tenía razón, lo sabía perfectamente… pero estamos hablando de mí. De alguien que, claramente, no sabe razonar cuando se trata de sentimientos.
Que Mayra intentara ayudarme o darme un consejo me alteraba. Sentía que quería controlarme, que todo el tiempo estaba marcando mis errores. En vez de valorar su intención, me defendía como un animal acorralado. Como siempre, terminaba peleando con ella, ofendiéndome por cosas que no tenían sentido y haciéndola sentir mal.
Y es que no importaba cuántas veces me perdonara por mi actitud, porque siempre volvía a convertirme en la misma persona hiriente, egoísta y desagradable.
Con cada pelea, con cada diferencia, con cada reacción mía, se apagaba un poco más. Yo lo notaba, y en lugar de hacer algo para evitarlo, me escondía detrás de mi orgullo.
Mayra me hablaba de cómo vivía la vida, de su forma de pensar, de sus decisiones. Me compartía su historia con honestidad, y aunque una parte de mí quería conocerla más, otra parte se enojaba al saber que había tenido otros hombres antes que yo.
Una ridiculez, lo sé. Tenía hijos, tenía un pasado, una vida antes de mí. ¿Quién era yo para juzgarla, si también arrastraba mis propias historias? Pero aunque suene estúpido, soy machista. Me enoja la sola idea de imaginar que otro tocó su cuerpo, como si ella me perteneciera.
Y a pesar de todo, ella siempre buscaba la forma de hacerme sentir mejor. Yo, en cambio, parecía buscar siempre la forma de discutir.
El caos fue parte de mi vida desde que nací. Crecí en medio de gritos, indiferencia y abandono. Y entonces llegó ella, con esa paz que no sabía manejar. Con esa calma que me desarmaba.
No soy tonto. Sabía que ella era demasiado para mí. Lo sabía desde el principio. Y como el ser autodestructivo que soy, hacía todo lo posible por arruinarlo. Porque para mí era más fácil vivir en alerta, en guerra, que relajarme y confiar.
Todos le decían que debía dejarme, que yo era malo para ella, que nuestro futuro juntos era una pérdida de tiempo. Y eso me dolía. Me molestaba profundamente. Aunque también sabía que tenían razón.
Sabía que debía cambiar, hacer cosas para que se quedara a mi lado. Pero mis actos la alejaban una y otra vez. Y cuando sentía que se volvía distante, que me dejaba de mirar con amor, entonces desplegaba las famosas "bombas de amor". Gesto tras gesto, palabras dulces, promesas vacías. El mismo ciclo tóxico de siempre.
Era un círculo vicioso. Yo no entendía cómo alguien podía amarme, si ni siquiera mis propios padres lo habían hecho.