Desde que cambié de trabajo y ya no la veo como antes, la ansiedad me está matando. Por mi mente se cruzan imágenes de ella sonriendo, riendo con los que alguna vez fueron compañeros de trabajo… hasta con el jefe. Todos y cada uno de ellos, peor que el otro. Todos con esa mirada, esa intención apenas disimulada de querer clavarle los colmillos a Mayra. A mi Mayra.
Porque sí, es mía. Aunque ella se enoje, aunque me grite que no soy su dueño, aunque me quiera dejar por esa maldita necesidad de libertad, es mía. Porque nadie la conoce como yo, nadie sabe cómo tocarla, cómo hacerla temblar sin siquiera rozarla. Nadie le ha leído el cuerpo como yo lo hago con las yemas de los dedos, con los dientes, con la respiración entrecortada. Hay algo en ella que me enloquece. Algo que no puedo controlar.
Cada vez que puedo me encierro en el baño del laburo para llamarla, escuchar su voz aunque esté apurada. Le escribo mensajes sin filtro, crudos, cargados de deseo y ansiedad. Por suerte, no tengo tantos momentos de ocio, porque la volvería loca, la tendría todo el día al teléfono, diciéndole que la extraño, que la necesito, que no me importa nada si está cansada, si está ocupada, si no tiene ganas: yo sí. Siempre tengo ganas de ella. De su voz, de sus quejas, de su piel.
Soy una persona que necesita usar la fuerza, y este trabajo me deja exhausto. Cargar y descargar bolsas y cajones de verduras me rompe el cuerpo, pero de alguna manera también me calma. Me deja sin energía para pelear, pero no para desearla. Cuando llego a casa y la veo, toda esa tensión se vuelve hambre. Hambre de ella. Hambre de su olor, de su cuello tibio, de su boca que me muerde cuando no me quiere besar. Hambre de su piel que se arquea apenas me acerco.
Puedo decir que estamos bien con Mayra. Estoy tratando con todas mis fuerzas de ser el hombre que quiere y necesita. Ella no se conforma, no se calla, y eso me jode... pero también me salva. Porque su silencio sería el final, y no estoy listo para perderla.
Con Natalia las aguas están más tranquilas, obviamente no va a durar mucho. Contribuyó el aumento de la cuota alimentaria. A ella solo le importa eso: la plata. No hay otra cosa que la mueva más que el billete. Como si hiciera algo con eso. Mis hijos están bien. El mayor me detesta en la misma medida que me ama, y no lo culpo. Fui un padre de mierda. Y lo sigo siendo. No les voy a mentir.
Mayra me presiona para que mejore como padre, como pareja, como hijo. Ella quiere que sea mejor persona. Quiere que me mire al espejo sin asco. No es tan fácil. Tengo demasiada mierda encima, demasiados errores y heridas que no cerraron bien. Y aunque lo desee con el alma, cambiar no es posible sin ayuda. Ayuda que no quiero recibir, porque en mi cabeza, solo los locos van al psicólogo. Según yo.
Ella ha hecho terapia por años. Incluso me dio el número de su terapeuta. Pero siempre me negué. Me niego por orgullo, por miedo, por costumbre. Muy propio de mí. Pero como todo en mí desde que la conozco, ese pensamiento está empezando a cambiar. Un poco por necesidad, un poco por cansancio de ser el mismo idiota de siempre… y bastante, porque sé que si sigo con esta actitud, la voy a perder.
Ella siempre me dice que mujer callada es mujer cansada. Y aunque me queme la cabeza con sus reclamos, prefiero eso a no escucharla más.