Capítulo 7 Entretanto los camellos corrían como el viento por aquellos arenales bañados por la luz de la luna. No tardó en cerrar la noche, y la luna, que antes era roja como una bola de fuego, fue palideciendo y reduciendo su tamaño a medida que se levantaba sobre el horizonte. Las colinas lejanas fueron cubriéndose como de un levísimo tul de plata, que, sin ocultarlas a la vista, les daba una apariencia de espectros luminosos. De cuando en cuando, de entre los peñascos esparcidos en todas direcciones salían lastimeros aullidos de chacales. Así transcurrió otra larga e interminable hora, y Estasio, para atenuar el efecto de las sacudidas del camello, ciñó a Nel con sus brazos. La chiquilla no cesaba de preguntarle por qué tardaban tanto en llegar, y como no podía satisfacer su curiosid

