—No sé que quieres. —Murmuré en voz baja. —No puedo...Ir al cementerio. Suficiente es recordar que murió. —Sí, fue alguien importante, Abalám. —Murmuró Clemente, un amigo del hospital, miré a en silencio con el seño fruncido. —Pero si no vas, seguirás sintiendo que fue tu culpa. Tienes que darte cuenta que no fuiste responsable. —Lo fui. —Respondí. —Lo fui porque ni siquiera estuve a tiempo, porque Hernán estuvo ahí por mi culpa, y porque ahora estoy solo. —No estás solo... —Lo miré con los ojos hirviendo en coraje. Claro que estoy solo, Desdémona comienza a sentirse sola. Clemente, el jefe en el área de psiquiatría, un hombre caucásico a sus cuarentas no pudo hacerme cambiar de opinión con respecto a mi situación seguido de un cuarto de hora. —Hay gente ahora que te rodea, tu hermana,

