GENESIS —¡Hades, suéltame! Y bájate —le espeto. Más que una súplica mi tono es una orden. —Aquí no das órdenes, Génesis Aquí las cosas se hacen como yo lo digo —su voz es un gruñido bajo, autoritario, con esa arrogancia endemoniadamente sexy que me hace apretar los muslos aunque me resista—. Así que las ordenes las doy yo. Abro los ojos con furia, pero él solo sonríe. Una de esas sonrisas ladeadas que ya deberían venir con advertencia: peligrosamente adictivas. —Me vas a pagar esto, Hades. Eso no lo dudes —amenazo. Sacude la cabeza. Se relame los labios, con esa mirada gris oscura como la tormenta que precede a la destrucción. —Perfecto. Me encantan las deudas que se saldan con gemidos —responde con ese tono perverso. Trago con fuerza. Creo que he perdido la capacidad de pensar

