El Lujo Caro de la Libertad
Andrea siempre pensó que la mayoría de edad significaba libertad. Nada más ingenuo.
A sus dieciocho años recién cumplidos, el único regalo que había recibido del destino era una pila de deudas y la tutela de su tía.
En Italia, la libertad era un lujo caro y ella apenas sobrevivía entre la universidad y las exigencias de su tía. Marbada, una sombra perpetua de resentimiento, se encargaba de recordarle a diario que su existencia no era más que un error.
Esa noche, su dieciocho cumpleaños, el aire se sentía más opresivo que de costumbre.
Su primo Matteo la esperaba frente al viejo edificio donde vivían, apoyado en un coche desvencijado. Con el motor encendido, lucía una sonrisa maliciosa y confiada, con aires de "no me importa nada."
—Andrea, vamos a celebrar tu cumpleaños
—dijo, haciendo un gesto para que se acercara.
—Estoy cansada del trabajo y la universidad, Matteo —respondió ella, el agotamiento pesándole en los hombros.
—Vamos, celebremos tu mayoría de edad —insistió Matteo.
Andrea suspiró, más por resignación que por deseo de fiesta. Asiente y se sube a un auto viejo.
Condujeron hasta una zona que ella no reconocía. El bar no tenía letrero, solo una puerta oscura y un portero que no hacía preguntas. Al cruzar el umbral, sonaba música atronadora. Luces rojas que parecían más una advertencia que decoración bañaban el ambiente, pintando de carmesí los rostros y las sombras.
Matteo encontró un rincón y ordenó dos bebidas. Se inclina hacia Andrea con una cercanía incómoda.
—Relájate, principessa. Hoy comienza tu vida.
—Necesito ir al baño, Matteo.
—Ve, no te tardes, el baño de damas es a la derecha.
Andrea se levantó y se dirigió a los aseos. En el breve momento de su ausencia, Matteo había preparado la bebida de Andrea con un polvo blanco que se disolvió sin dejar rastro.
Cuando regresó, la copa la esperaba en la mesa.
—Brinda conmigo.
—No, no. Sabes que no bebo alcohol.
—Disfruta tu mayoría de edad... vamos, no pasará nada —insistió Matteo.
Ella dudó, pero asintió. Cogió el vaso.
—Es vodka, no es veneno. ¿No confías en mí, primita? —dijo poniendo una cara triste.
—Además, ahora ya eres adulta, no pasará nada.
Era un comentario simple pero cargado de una presión silenciosa. Andrea bebió. El alcohol sintió como si fuera fuego y después... llegó el vértigo. Las luces se deformaron, las voces se hicieron borrosas, y en ese momento todo comienza a dar vuelta.
Matteo sonrió. La agarra por la muñeca y le dice:
—Te llevaré a descansar.
No hubo espacio para luchar. Apenas podía enfocar los pasos, el pasillo, la puerta que se abría. Una habitación elegante, una cama amplia, perfume extraño en el aire.
La dejó caer sobre el colchón.
—Todo estará bien —murmuró.
Y se fue.
Andrea se levanta y sale caminando. La droga le quemaba las venas, ve todo borroso y entra a otra habitación.
Andrea sintió la oscuridad envolverla. Un hombre desconocido, una mano ajena… y un instinto brutal. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. La puerta se abrió. Ella escapó.
Tropiezos, respiración entrecortada, una segunda puerta que cedió a su empuje.
El aire allí era distinto. Frío. Silencio. Aromas limpios y caros.
Y un hombre.
Desnudo de la cintura para arriba, envuelto solo en una toalla que se aferraba a sus caderas, estaba Lorenzo Marchetti. El poderoso CEO. Alto, con el cabello mojado, abdominales fuertes esculpidos a la perfección.
La droga había silenciado su razón y despertado un instinto primario. Ella se acercó a él, tambaleándose.
—Estoy caliente... me estoy quemando... ¿me ayudas?
Y sin esperar respuesta, lo besó, y comienza a quitarse la ropa.
Él la miró, intentó detenerla, pero su mano, la de ella, baja agarrándole su parte y comienza a besarlo.
—Bueno, tú lo pediste —susurró Lorenzo con voz grave, una rendición momentánea a la locura.
La llevó besándola hacia la cama, ella acariciándole cada parte. De un solo movimiento, la abalanza hacia la cama, le abre las piernas y comienza a besarla y a chupar mientras que Andrea no aguantaba más y empieza a gemir de placer, haciéndola terminar de una.
Lorenzo se levantó, abre el bolsillo de una chaqueta que estaba en un mueble y saca un preservativo y se lo pone. Caminó de vuelta a la cama, mirándola a los ojos. Se agachó introduciéndola.
Andrea se trincó de dolor y de placer.
—Ah, qué rico, apretadita —susurró Lorenzo.
Andrea gemía de placer. Ambos se besaron. Las embestidas de Lorenzo cada vez eran más certeras y profundas, llenos de placer.
—¡Mierda, me estoy terminando!... se rompió, ¡maldición! —gruñó Lorenzo.
Andrea, agotada y aún bajo los efectos de la droga, se acomoda y se queda dormida, mientras que Lorenzo, con el pulso acelerado y la rabia contenida, se viste para ir a su cita, que ya llegaba tarde.
La Prisa de Lorenzo
Lorenzo se ajustó el puño de la camisa con brusquedad, la corbata anudada con una perfección automática que su mente, sin embargo, no sentía. Estaba furioso consigo mismo. Furioso por la imprudencia, por el preservativo roto, pero sobre todo, furioso por la rendición animal a esa desconocida desorientada.
"Maldita sea", masculló en italiano, mirando la cama por un segundo. La figura diminuta de la joven estaba hecha un ovillo entre las sábanas de seda. Parecía tan frágil ahora como ardiente momentos antes. No había tiempo para dilemas morales; tenía una cita que no podía fallar.
Se puso la chaqueta de diseñador, recogió su teléfono y se dirigió a la puerta, el olor a perfume y a sexo caliente persistiendo en el aire caro de la suite. Su vida no tenía espacio para errores de cálculo, mucho menos para chicas desconocidas encontradas en circunstancias turbias.
Salió de la suite cerrando con llave. Su cita, el poderoso senador Balducci, no esperaría.
En el taxi, Lorenzo envió un mensaje de texto a su jefe de seguridad: Limpia la suite 702. Sin preguntas. Asegúrate de que esa chica esté fuera del edificio antes del amanecer. Envíale... diez mil euros. Es un secreto.
No era suficiente para la jodida noche que acababa de tener, pero era la solución rápida y anónima que su vida requería. Se acababa de acostar con una estudiante drogada. Esto era un desastre monumental que debía ser borrado antes de que saliera el sol.
El Despertar de Andrea
Horas más tarde, la luz gris del amanecer se colaba por las cortinas pesadas. Andrea se despertó con un dolor de cabeza que le taladraba el cráneo y un sabor amargo en la boca. Abrió los ojos y el pánico la golpeó como una ola de hielo.
Esta no era su habitación.
El lujo la rodeaba: sábanas de seda, mobiliario de ébano, una vista panorámica de tejados milaneses. Se sentó de golpe, la manta cayendo a su cintura. Estaba desnuda.
Un recuerdo borroso la asaltó: Matteo, el sabor a fuego, el vértigo, una mano en la oscuridad que no era de él... y luego, la visión de ese hombre. Alto, fuerte, en una toalla. El calor. Los besos. El placer brutal que le había robado el aliento.
No podía ser real. Parecía el fragmento de un sueño febril.
Se llevó la mano a la frente, sintiendo un sudor frío. Intentó levantarse, pero sintió un pinchazo de dolor y una incomodidad más profunda y desorientadora.
En la mesita de noche, junto a su teléfono, encontró un sobre blanco. Sus manos temblaron al abrirlo. Dentro, había una nota breve escrita con caligrafía elegante:
"Un error costoso. Esto cubre el inconveniente."
Debajo, un grueso fajo de billetes de cincuenta y cien euros. Eran diez mil euros.
El pánico se transformó en una rabia helada y una humillación aplastante. No había sido un sueño. Había sido comprada. El poderoso CEO no solo había tomado su cuerpo, sino que la había despachado con una limosna.
Se vistió a toda prisa, la ropa que llevaba la noche anterior parecía sucia y ridícula en esa suite. El dinero. No podía tocar ese dinero, pero lo necesitaba. Era el precio de su silencio, la prueba de su desgracia. Lo tomó con dedos temblorosos y lo guardó en su bolso. Tenía que salir de allí. Ya.