Cuando terminé de bañarme, el reloj marcaba las seis de la mañana. Apenas había regresado a la cama cuando comenzaron a entrar los médicos. Llegaban en grupos, avanzando de paciente en paciente con una rutina precisa, casi coreografiada. Al acercarse a mí, sentí cómo la atención se concentraba de pronto en mi cuerpo: me rodearon, tomaron mis signos vitales, intercambiaron miradas breves.
—La presión está elevada —dijeron.
Aquella frase me inquietó, aunque minutos después se marcharon, dejándome con una preocupación que no sabía cómo contener. Luego entraron enfermeros. Revisaron la herida con cuidado, atentos a cualquier signo de infección. Cada vez que examinaban mi operación, repetían lo mismo: —Todo está bien.
Y yo me aferraba a esas palabras. El dolor, curiosamente, no era intenso. No era ese sufrimiento insoportable del que tantos hablan. Era más bien una conciencia constante de mi cuerpo intervenido, una sensación nueva, extraña. Lo más incómodo era levantarme para ir al baño: caminar con el suero conectado, con movimientos lentos y medidos, cuidando cada paso como si el equilibrio dependiera de un hilo.
Cuando me sirvieron el desayuno, sentí una alegría inesperada. Comer, algo tan cotidiano, se había convertido en un pequeño triunfo. Después, me refugié en la lectura de la Biblia, buscando calma. Pero los médicos regresaban una y otra vez. Tomaban mi presión con insistencia. Y cada vez que lo hacían, el resultado era el mismo: alta. Aquello comenzó a incomodarme profundamente. No porque me sintiera mal, sino porque mi cuerpo reaccionaba al propio acto de medirla. El corazón se me aceleraba, y con él, los números. Al mediodía, mi ánimo cambió. Sabía que mi madre vendría. Y cuando apareció, no pude contener el llanto. Su presencia tenía algo reparador, algo que ninguna medicina podía ofrecer. Me abrazó con fuerza, agradeciendo a Dios en voz alta, celebrando que todo hubiera salido bien. Le conté lo vivido, cada detalle, cada sensación. Solo estuvo una hora conmigo, pero fue suficiente para llenar el espacio que la ausencia había dejado.
—Ya me quiero ir —le dije.
—Primero Dios, mañana te venimos a traer —respondió con dulzura.
Luego llegó mi abuelita. Conversamos, le relaté mi experiencia, y cuando llegó la hora de despedirse, volvió ese nudo en el pecho. Verlas irse era, una y otra vez, una pequeña despedida que dolía más de lo esperado. La tarde trajo consigo una nueva preocupación.
Mi presión arterial seguía elevándose. Los médicos, que inicialmente esperaban que descendiera, comenzaron a inquietarse. Conversaban entre ellos, analizaban, volvían a medir. Yo sentía sus miradas sobre mí, y eso, lejos de tranquilizarme, hacía que mi corazón se acelerara aún más.
—Hay que hacerle un electrocardiograma esta noche —decidieron finalmente.
La noticia me estremeció.
Las revisiones se volvieron más frecuentes: cada treinta minutos regresaban, medían, anotaban, observaban. Y el patrón se repetía: cuando estaban cerca, mi corazón se agitaba; cuando se alejaban, volvía a la calma. Mi mente comenzaba a jugar en mi contra, imaginando escenarios que no existían: que vendrían por mí, que me llevarían a otra sala, que algo más estaba mal. Cuando adelantaron el examen, lo supe.
—Necesita un electrocardiograma urgente —dijeron.
Sentí vergüenza, nervios, exposición. Era la primera vez que alguien examinaba mi pecho de esa forma. El médico colocó las bombillas con cuidado. En la pantalla comenzaron a dibujarse líneas rojas que subían y bajaban, incomprensibles para mí.
—Está elevadísimo —dijo uno de ellos, con una risa nerviosa—. Está como nivel de infarto.
Sus palabras me atravesaron. Intentaron calmarme, me pedían que respirara, que me tranquilizara. Cambiaban el brazalete de un brazo a otro, buscando una lectura distinta. Poco a poco, la presión descendió levemente.
—Si vuelve a subir, repetimos el examen —advirtieron.
Esa noche fue larga. Para distraerme, salí a caminar por los pasillos. Me acerqué a las enfermeras, les pregunté si podía comer una galleta. Me dijeron que sí. Me quedé conversando con ellas, agradecida por su amabilidad. Una de ellas estaba embarazada, y hablamos un rato, como si ese pequeño diálogo pudiera sostenerme. En medio de la noche, un llanto desgarrador rompió el silencio desde otra habitación. Quise acercarme, entrar, consolar. Algo en mí se identificó profundamente con ese dolor.
—No puedes pasar —me detuvo una enfermera.
Era una joven que había perdido a su bebé. Me quedé afuera, conmovida, impotente.
Regrese a mi cama y, finalmente, cerca de las once y media, me dormí. Curiosamente, cuando los médicos tomaban mi presión mientras dormía, esta era normal. Pero al despertarme para medirla, volvía a elevarse. Aquello llegó a desesperarme. Así amaneció otro día. La misma rutina, la misma incomodidad al bañarme, el mismo cuidado extremo con cada movimiento. Ese día limpiarían la herida.
—¿Te afliges mucho? —me preguntó la enfermera.
—Sí —respondí.
—No pasa nada —dijo sonriendo—. Está bien sellada.
Aun así, cada vez que manipulaban la zona, sentía como si fuera a abrirse. Era un miedo difícil de controlar.
—¿Quieres verla? —me ofreció.
—No.
Preferí no hacerlo.
La herida estaba bien. Pero ahora, lo que me inquietaba era mi corazón. Pasaba el tiempo entre lecturas, oraciones y silencios. Mi madre seguía siendo el momento más esperado del día. Aunque hablábamos constantemente por mensajes, su presencia era insustituible. Ella también estaba agotada; desde casa, se desvelaba acompañándome, orando por mí. Cuando venía, llorábamos, nos abrazábamos. Y cuando se iba, el vacío regresaba. Ese día debían darme el alta, pero no fue posible. Mi presión seguía elevada. Otra despedida. Otra noche más. Los médicos insistieron en nuevos estudios. Otro electrocardiograma. Esta vez, los resultados fueron aún más altos. Decidieron entonces realizarme rayos x.
Una enfermera me dio dos pastillas grandes. No supe exactamente para qué eran, pero al tomarlas sentí cómo mi cuerpo se debilitaba ligeramente. Me llevaron en silla de ruedas. Eran las once y media de la noche. El hospital tenía otro rostro a esa hora: silencioso, frío, casi suspendido en el tiempo. Vi a otros pacientes siendo trasladados, rostros pálidos, historias desconocidas. Entre ellos, una joven que llamó mi atención, tan frágil como yo.Y entonces, de nuevo, sentí paz. Una calma distinta, profunda, incluso noté pequeños detalles: unos gatos al fondo, el murmullo de las enfermeras, la vida que continuaba pese a todo.
Cuando llegó mi turno, el procedimiento fue rápido. En segundos, las radiografías estaban hechas, regresé. Curiosamente, aquel recorrido nocturno se sintió casi hermoso. Siempre encontraba la manera de ver algo bueno, incluso en medio de la incertidumbre.
Al día siguiente, un médico revisó las imágenes.
—¿Por qué te preocupas? —me dijo—. Aquí veo que tienes un novio.
No entendí.
Señaló la imagen, justo en la zona del corazón. Había una mancha.No pregunté más. Tal vez fue una forma ligera de referirse a algo sin importancia, o quizá una broma que no supe interpretar. Pero si hubiera habido algo grave, lo habría dicho. Y en ese momento, decidí quedarme con eso: con la confianza de que, a pesar de todo, mi cuerpo seguía resistiendo y mi historia, también.
Finalmente, decidí hacer una pausa. Las horas habían transcurrido sin darme cuenta, y en ese tiempo le había confiado casi toda mi vida. Aquella chica me escuchaba con los ojos cristalizados, como si cada palabra mía también le perteneciera.
Cuando me detuve, colocó suavemente su mano sobre mi brazo y dijo:
—Eres increíblemente fuerte.
—Gracias —respondí, aún sin dimensionar el peso de sus palabras.
Ella continuó:
—Cuando comenzaste a hablar, de alguna manera me sentí identificada contigo. Me puse en tus zapatos… y me vi allí, viviendo lo mismo que tú.
Fue imposible describir lo hermoso que se sintió escuchar eso. Nadie antes me había mirado así, con tanta comprensión. Conversar con ella era como encontrarme conmigo misma en otra persona; alguien que, sin esfuerzo, lo entendía todo.
—La historia es extremadamente larga —le dije con una leve sonrisa—, pero te contaré la otra parte luego.
—Estaré aquí para escucharte —respondió con dulzura—. Quiero conocer toda tu historia.
—Gracias por escucharme —le confesé—. Eres la primera persona a quien le cuento todo con tanto detalle… me has dado la confianza para hacerlo.
En ese momento, algo dentro de mí cambió. Había llegado cargada de nostalgia, pero ahora me sentía más viva. Más ligera.
—Tú me haces sentir diferente —admití.
—Y tú a mí —respondió sin dudar.
Tomé mis cosas de la mesa. Tenía que marcharme; otro compromiso me esperaba, la universidad. Antes de irme, la miré y pregunté:
—¿Nos vemos mañana aquí mismo?
—Estoy encantada desde ya —dijo—. Aquí estaré.
—Entonces, hasta mañana.
Salí de aquel lugar con una sonrisa dibujada en el rostro y con algo difícil de nombrar en el pecho, una sensación nueva, profunda, casi inexplicable. Como si, por primera vez en mucho tiempo, no me sintiera sola. Di unos pasos, aún con la sonrisa suspendida en el rostro, cuando de pronto me detuve en seco. Un sobresalto leve recorrió mi cuerpo: había olvidado algo esencial. Su nombre. Me giré con rapidez, buscando su presencia entre el espacio que, hacía apenas unos instantes, había estado lleno de su voz y su mirada. Pero ya no estaba. Se había ido, como si hubiese sido un instante prestado por el tiempo. Respiré hondo, mañana la vería de nuevo. Y entonces, sin falta, lo primero que le preguntaría, sería su nombre.