parte 11

1757 Palabras
Era una mañana nublada, y el simple acto de levantarme de la cama se sentía pesado, casi imposible. No suelo quedarme divagando al despertar; sin embargo, aquella vez permanecí inmóvil durante varios minutos, con la mirada fija en un punto indefinido, como si en ese silencio interno se gestara algo más profundo. Finalmente, una idea logró sacarme de ese estado: volvería a encontrarme con la chica misteriosa, y esta vez le preguntaría su nombre. Me alisté sin prisa, tomé el autobús y, al llegar al lugar acordado, ella ya estaba allí. Había pedido dos bebidas. Supuse que una sería para mí y otra para ella. Imaginé, con cierta resignación, que se trataría de café —una bebida que no disfruto—, y que aun así tendría que beberlo por cortesía. Pero me equivoqué. Era té. Aquello me sorprendió: en un mundo donde casi todos eligen café, ella había optado por algo distinto, como si hubiera intuido mis preferencias antes de que yo las expresara. —Hola —la saludé. —Hola —respondió con naturalidad. —Has adivinado mis gustos —le dije—. No me gusta el café en absoluto. Ella esbozó una leve sonrisa. —Lo sabía. A mí tampoco me gusta. Por eso pedí té para ambas. Había en su forma de hablar una seguridad tranquila, casi intuitiva. —Definitivamente sabes de gustos —comenté. —Oye, ¿cómo te llamas? —pregunté, esta vez sin rodeos. —Soy Mena —respondió. Su nombre me pareció peculiar, pero no desagradable. Se lo hice saber, y ella confesó que no siempre le había gustado; fue hasta los doce años que comenzó a aceptarlo. Aquella confesión despertó en mí un recuerdo similar: a esa misma edad, yo también había rechazado mi nombre, como si cambiarlo pudiera redefinirme. Sonreí para mis adentros. Tal vez, pensé, eran batallas silenciosas propias de la adolescencia. —Bien —dijo con un brillo de expectativa—. Estoy ansiosa por escuchar la continuación de tu historia. —Estoy lista para contártela —respondí. Me llamó la atención que no mostrara interés en conocer mi nombre, pero decidí no detenerme en ese detalle. —¿Qué ocurrió después de que el doctor examinara tus estudios? —preguntó. Respiré hondo antes de continuar. Aquel día, según lo previsto, me darían el alta. Sin embargo, el médico decidió lo contrario: mi presión arterial aún no se estabilizaba. Tuve que despedirme una vez más de mi madre. Para entonces, ya llevaba cuatro o cinco días en el hospital, cuando todo indicaba que solo serían dos. La frustración comenzó a instalarse en mi pecho. Me sentía cansada, vulnerable, con un profundo anhelo de regresar a casa, de volver a mi iglesia, de reencontrarme con mi familia. Horas más tarde, una psicóloga llegó a evaluarme. Su semblante era serio, casi impenetrable. Me hizo preguntas directas, precisas, sobre mi estado emocional. Fue entonces cuando comprendí que lo que me ocurría no era únicamente físico; la ansiedad estaba ocupando un lugar central en todo aquello. Le hablé de unas pastillas que había tomado anteriormente para calmar los nervios. No recordaba su nombre, solo su color. Tras un esfuerzo por reconstruir la memoria, finalmente logré identificarla. Al día siguiente, me administraron aquella misma pastilla. La reconocí de inmediato. Sentí alivio incluso antes de tomarla. Cuando lo hice, mi cuerpo comenzó a rendirse a una calma profunda, casi ajena. Me dormí. Y en ese descanso comprendí algo esencial: no era solo mi corazón el que estaba alterado, sino la ansiedad que lo desbordaba. Durante mi estancia, las visitas médicas eran constantes. Pero había momentos en los que buscaba escapar, aunque fuera por unos minutos. Iba al baño no por necesidad, sino para llorar. Era el único lugar donde podía permitirme ser frágil sin testigos. Con el suero en la mano y el cuerpo debilitado, caminaba hasta allí para desahogarme en silencio. Aquel día en particular fue distinto. El agotamiento no era solo físico; era emocional, profundo, desgarrador. Me faltaba el aire. Sentía como si algo invisible me oprimiera desde dentro. Lloré con una intensidad que apenas podía contener, intentando no hacer ruido, consciente de que ese desbordamiento también me hacía daño. Pero el dolor era demasiado grande. La angustia habitaba en mi pecho como un peso constante, insoportable. Si alguien me hubiera concedido un deseo en ese instante, no habría pedido nada más que salir de ese hospital. Fue en ese momento cuando comprendí, con una claridad dolorosa, el verdadero valor de la vida. Me senté, débil, y en medio de ese colapso interior, oré: “Dios, por favor, sáname y sácame de aquí. No puedo soportar un día más. Quiero descansar. Siento que voy a desmayar”. Lloré en silencio, aferrándome a lo poco que me quedaba de fuerza. Me sentía como una mariposa con las alas rotas: incapaz de sostenerse, vulnerable, a punto de caer. En ese instante no había nadie más. Ni mi familia, ni un rostro conocido, ni una voz que me consolara. Solo estábamos Dios y yo. Y aun así, dentro de ese vacío, encontré una voz interior que insistía: “Debes ser fuerte. Debes resistir. Debes confiar en Dios”. Ese día fue el último que pasé en el hospital. Paradójicamente, también fue uno de los más difíciles. No le dije a los médicos cómo me sentía; el miedo a prolongar mi estancia me paralizaba. Permanecí en silencio, sosteniéndome únicamente en mi fe y en mi respiración. Inhalé profundamente una y otra vez, hasta que poco a poco la tormenta interna comenzó a ceder. La calma que llegó después no fue mía. No nació de mi fuerza, ni de mi control. Estoy convencida de que fue Dios. Porque en ese estado, al borde del colapso, yo sola no habría podido encontrarla. El día que me realizaron los rayos X, el miedo se apoderó de mí con una intensidad difícil de describir. En medio de la ansiedad, llamé a mi madre con desesperación para contarle lo que estaba a punto de suceder. Ella, con voz cansada pero firme, me aseguró que oraría por mí. Aunque estaba en casa, su presencia se hacía sentir a través de cada mensaje que me enviaba, recordándome que todo estaría bien. Sin embargo, sabía que también estaba agotada; se desvelaba acompañándome a la distancia, sosteniéndome con palabras de aliento cuando yo más lo necesitaba. Cuando el procedimiento terminó, volví a llamarla, pero esta vez fue mi hermano quien respondió: mi madre se había quedado dormida, vencida por el cansancio. Después de aquel episodio en el que colapsé, y tras haber comenzado el tratamiento con las pastillas, finalmente llegó el día esperado. Al amanecer siguiente, me informaron que me darían el alta. Mi madre llegó al mediodía, y para entonces mi ánimo había cambiado. La tormenta interna parecía haber cesado, aunque mi cuerpo aún no se recuperaba del todo: sentía dolor en las articulaciones, el cansancio persistía y el desvelo se reflejaba en cada movimiento. Aun así, la alegría de saber que saldría de aquel lugar superaba cualquier malestar. Fui a cambiarme. Me quité la bata hospitalaria y, antes de irme, me despedí de mis compañeras de habitación. Aunque no lo había mencionado antes, en medio de la adversidad habíamos compartido algunas conversaciones que nos ayudaban a sobrellevar los días. Éramos pocas, pero suficientes para brindarnos ánimo mutuamente. Recuerdo especialmente a una mujer de gran estatura y complexión robusta, cuya condición me conmovía profundamente. El dolor de su operación era evidente, y cada intento por levantarse de la cama representaba un esfuerzo inmenso. Me despedí de ellas con sinceridad, deseándoles pronta recuperación y asegurándoles que oraría por sus vidas. Recogí mis pertenencias mientras mi madre se encargaba de las maletas, y luego nos dirigimos a otra sala para esperar los documentos de salida. Aún llevaba en el brazo un acceso intravenoso que sería retirado más tarde. Nos sentamos en una banca, en silencio. Sabía que no era la misma de antes: había perdido peso, mi piel estaba pálida y mi voz carecía de la energía habitual; hablaba despacio, como si cada palabra requiriera un esfuerzo adicional. En ese momento, un doctor se acercó y se sentó junto a nosotras. —Vaya, ¿ya te vas? —preguntó. —Sí, gracias a Dios —respondí. Entonces, con un tono sereno pero firme, me dijo: —Tienes que aprender a controlarte. Debes confiar. Eres cristiana. Sus palabras me sorprendieron. Lo miré con asombro y le pregunté cómo lo sabía. Él respondió que, cuando ingresé al hospital, me había visto con una Biblia. Sentí una mezcla de vergüenza y reflexión. Había pasado días dominada por el miedo, aun teniendo fe. Me cuestioné si había sido un buen ejemplo de lo que creía. —Sí, soy cristiana —respondí en voz baja. El doctor continuó, compartiendo su perspectiva con convicción: —Yo no creo en la ansiedad ni en la depresión como algo que deba gobernarte. Somos nosotros quienes debemos tomar el control de nuestra mente. No necesitas depender completamente de otros para ordenar lo que llevas dentro. Mi madre asintió, respaldando sus palabras. —A todos nos pasa —añadió él—. Es natural preocuparse. Somos humanos y estamos expuestos a múltiples emociones. Pero también somos responsables de lo que permitimos que crezca dentro de nosotros. Si te dejas dominar por el miedo, vivirás siempre bajo su sombra. Incluso podrías enfermar más. Pero si aprendes a enfrentarlo, a poner orden en tu interior, encontrarás paz. Escuché cada una de sus palabras con atención. Había verdad en ellas, una verdad que resonaba con fuerza en mi interior. —Tiene razón, doctor —le dije—. Haré lo posible por controlarme. El médico que me había dado el alta había recomendado seguimiento psicológico. En ese momento asentimos, pero más tarde mi madre decidió no continuar con ese proceso, influenciada también por las palabras de aquel doctor, quien insistía en que la verdadera sanación comenzaba desde el interior, enfrentando directamente los propios temores. Agradecí profundamente aquella conversación. No solo por el consejo, sino porque me permitió ver mi situación desde otra perspectiva: no como una debilidad permanente, sino como un desafío que debía aprender a gestionar. Finalmente, nos despedimos de él y de algunas enfermeras que habían sido parte de ese proceso. Con los documentos en mano, entramos al ascensor. Cuando sus puertas se cerraron, sentí que dejaba atrás no solo un lugar físico, sino una etapa marcada por el miedo, la fragilidad y el aprendizaje. Y así, salí de aquel lugar.
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