Al entrar al despacho lo encuentro parado cerca de la ventana. Una de sus manos esta dentro del bolsillo de su pantalón, de la otra sostiene un cigarrillo del cual inhala. Su alta figura recortada contra la luz de la noche, le hace ver impresionantemente atractivo. Presiona la escotilla, y mientras lo hace, recomienda. —Siéntate —lo hago. Camino hacia el asiento como si alguien moviera los hilos de mis pies. El silencio se instala, y se vuelve abrumador, asfixiante, imposible de respirar. —Tu hermano ha muerto —se gira, guardando la otra mano en su pantalón, y camina hacia mí. —Lo sé —digo mirándole fijamente— recuerdo perfectamente haber oído los disparos. Se detiene a un lado del asiento, mirándome fijamente. —¿Qué pasó con el cuerpo? —Se lo di a los animales —dice, tajante—

